lunes, 19 de diciembre de 2011

Estado religioso

Alfonso López Collada

No queda claro si las sorpresivas reformas hechas al Artículo 24 de la Constitución fueron para que esta noticia tapara la del nombramiento apresurado de los tres Consejeros Electorales faltantes, -uno de ellos con su imagen pública algo abollada- o al revés. Luego se verá.

La Conferencia del Episcopado Mexicano, en voz de Víctor René Rodríguez Gómez, se congratuló porque la reforma de referencia amplía el derecho a la libertad religiosa que “es parte de la Universal de los Derechos Humanos de la ONU y de la Declaración Interamericana de los DD HH.” Debe recordarse que antes de esta reforma eso ya estaba dado en nuestra Constitución, así que la declaración se remite a principios ya aceptados para predisponernos favorablemente a lo que sí cambió. La ampliación consiste que se aprobó en San Lázaro la libertad para celebrar ceremonas religiosas en privado… y en público. Bernardo Barranco, sociólogo de la religión, interpreta esto como un paso más de las ambiciones políticas del clero mexicano. Jaime Avilés deduce que, a falta de candidatos fuertes para el 2012, los súperpoderes están cerrando filas con el clero (La Jornada, 17 diciembre).

La Cámara de Diputados aprobó la reforma sin cumplir con las formas obligatorias en estos casos. Barranco señala que se llegó a ellas “por la puerta trasera, sin debate y con marrullerías y madruguetes legislativos” (lo de la puerta trasera lo inauguró Calderón, y lo de los madruguetes es práctica tan común que coinciden este con el del nombramiento de los Consejeros Electorales del IFE).

A través de cualquier cristal, modificar las leyes de un país para que deje de ser laico, es un retroceso. A lo largo de la historia se ve que todos los estados religiosos han resultado absolutistas, incluso sangrientos. No puede ser de otra manera, pues sus líderes personifican el poder sobre el pueblo, sobre las almas y además acaparan las riquezas. La única opción que le queda a la masa es vincularse en cuerpo, alma y bienes a la figura gobernante, llegando incluso a la obediencia ciega y a la defensa fanática de su amo.

Es bien sabido que de política y de religión es mejor no discutir, por las posturas aferradas en las que fácilmente se cae en uno y otro terrenos. A nivel social, las guerras más cruentas han sido por motivos religiosos. Por eso resulta sano que un país abrace la laicidad, para que cada quién siga su religión como mejor le convenga y ningún culto se sienta ofendido por las creencias del otro, lo que desataría una violencia que hace pensar en la guerra cristera. La reforma constitucional de referencia abre la posibilidad de celebrar los ritos religiosos en privado y en público, con lo que podrían darse enfrentamientos entre contingentes fanáticos con convicciones religiosas encontradas, o que llegue a presidente el candidato más guadalupano (no necesariamente el mejor), o que los judíos, taoístas y todos los no católicos sean obligados a estudiar catecismo y asistir a misa en las escuelas.

Desde que Fox ondeó el estandarte de la Guadalupana en su toma de posesión como Presidente, el país inició su camino hacia el estado religioso. A principios de mes, cuando anunció la bancarización del programa Oportunidades, Calderón hizo referencia reiterada a la voluntad de Dios para explicar el seguro de vida incluido en la tarjeta que lanzaba en ese evento. Entre estos dos hechos hemos visto decenas más que marcan el progreso de la idea, varios protagonizados por los dos primeros mandatarios.

La creencia religiosa es tal vez lo más íntimo del ser humano. Debe respetarse el fuero interno del individuo, qué duda cabe. La oportunidad de problemas surge cuando se insiste en que todos creamos lo mismo, a la fuerza. Unos tienen un dios, otros tienen otro y no hay manera de saber con certeza quién tiene la razón. En un estado religioso, el líder supremo puede afirmar que tuvo una inspiración divina y le fue ordenado invadir al país vecino; su primer ministro le comunica que él tuvo otra inspiración divina que le aconsejó aliarse con ese país. ¿Cómo saber quién recibió el mensaje verdadero? Sabemos, eso sí, que se hará la voluntad del superior en el escalafón.

Si el gobierno de este país tan dolido ya va rumbo a tomar decisiones con base en inspiraciones divinas, mala noticia: quiere decir que se impondrá la voluntad de una persona por encima del bienestar del resto. Y eso se llama absolutismo, precisamente la forma de gobierno que hace siglos fue derrocada por la revolución democrática… al menos en otros países.

(vía elarsenal.net)

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