lunes, 7 de mayo de 2012

Sencillamente ateo

Hace tiempo que descuido en esta columna mía mi ateísmo. Vamos a remediarlo explicando brevemente, amigos lectores, algunas nociones básicas sobre el ateísmo.

Los creyentes en cualquiera de sus diversas opciones (y muy grande es el mercado de dioses) nos acusan a los ateos de que no podemos demostrar que (su) dios no existe y que al fin y al cabo la nuestra también es una “creencia”.

Resulta curioso que “no creer” pretendan que sea una creencia. Pero el truco consiste en desviar la carga de la prueba. ¡No se trata de demostrar que algo no existe! Es al contrario. Nadie demuestra que “no existen los pitufos”… Quienes afirman su existencia deben probarlo. Por lo mismo, aún estamos esperando que nos demuestren, ellos, que dios existe.

Charles Bradlaugh escribia en 1864, la siguiente “declaración del ateo”: “El ateo no dice no hay dios sino que dice: No sé lo que significa cuando el creyente dice “dios”. Yo vivo sin la idea de dios; la palabra “dios” es para mí un sonido que conlleva algo no claro o una afirmación distinta. Yo no niego a dios, porque no puedo negar eso que es tan imperfecto y del cual el que lo afirma (creyente) es incapaz de definírmelo.”

La otra cuestión fundamental es la necesidad de afirmar nuestro ateísmo. ¡Basta de vivir en las sombras! Hay que salir a la luz y hacer ateísmo militante. Esa es la razón por la que en los últimos años he decidido embarcarme en esta aventura por lograr una sociedad más laicista, por ayudar a los aspirantes a apóstatas y convencer – con argumentos – de que todas las religiones se basan en falseamientos de la realidad y tienen una explicación demasiado humana para su existencia. No en vano fueron los hombres quienes crearon a los dioses a su imagen y semejanza.

(vía blogs.tercerainformacion.es)

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