domingo, 9 de diciembre de 2012

La violencia religiosa en formato de tragicomedia

image
La pesadillesca alienación colectiva de la guerra y los estragos provocados por el irracional fanatismo religioso constituyen las dos claves conceptuales de “¿Y ahora adónde vamos?”, la removedora y disfrutable tragicomedia franco-libanesa.

HUGO ACEVEDO

El film, que fue dirigido y guionado por la realizadora libanesa Nadine Labaki y está hablada en árabe, inglés y ruso, indaga en los sempiternos conflictos entre musulmanes y cristianos libaneses, que, desde las década del setenta del siglo pasado, han provocado cruentos enfrentamientos armados entre milicias paramilitares, con el apoyo logístico de potencias que tienen intereses geopolíticos en la región.

En ese contexto, el país ha sido también teatro de despiadadas guerras entre palestinos e israelíes, con un importante pico de tensión en 1978 cuando tropas judías invadieron y ocuparon parte del territorio de este martirizado país.

Este fue apenas el episodio inicial de una escalada militar que se prolonga casi hasta el presente, con el sangriento conflicto de Oriente Medio como dramático trasfondo histórico.

La película está ambientada en un pequeño y desolado pueblo libanés con más cabras que seres humanos, que está virtualmente aislado del mundo y radicalmente disociado de los prodigiosos avances tecnológicos contemporáneos.

En tal sentido, el arribo de un antiguo receptor de televisión con su correspondiente antena –que genera una masiva y festiva manifestación popular- resulta todo un acontecimiento, aunque las imágenes lleguen groseramente distorsionadas.

Aunque la historia está impregnada de una fina ironía y de un humor negro de trazo deliberadamente sardónico, el dramatismo subyacente aflora ya desde las primeras secuencias.

Al respecto, resultan realmente contundentes las imágenes que retratan un cortejo fúnebre poblado de viudas de negro, en doliente pero animada peregrinación rumbo al cementerio.

Allí, en ese lúgubre paisaje de muerte, de agobiantes congojas y silencios perpetuos, están los sepulcros donde yacen los cuerpos de los maridos, hermanos, hijos y nietos que perecieron en irracionales confrontaciones entre cristianos y musulmanes.

Aunque ese primer tramo del relato predispone al espectador a compartir una experiencia seguramente desoladora, el desarrollo del film confirma que, cuando hay talento, la tragedia también puede mutar en delirante parodia.

Obviamente, ese dolor común que aún lacera los corazones del colectivo social, se transforma en un fuerte acicate para preservar la frágil paz reinante. En ese proceso de necesaria reconciliación resulta crucial el papel de las mujeres, quienes asumen y canalizan las diferencias religiosas civilizadamente.

Incluso, el propio cura párroco se alía con el sacerdote islámico, procurando convencer a los fieles que es bastante más saludable dirimir las diferencias sin apelar al uso de armas de fuego.

Es tal el celo de estas féminas por mantener a sus hombres bajo control, que no dudan en ocultar una muerte violenta y llorar sus pérdidas en silencio, para evitar que detone un nuevo conflicto.

En este esquema cuasi vodevilesco, hay una secuencia de antología que retrata a las mujeres amasando cientos de tortas, elaboradas mediante una mezcla entre harina y hachís.

El resultado será una animada fiesta con abundante música, baile y delirantes expresiones de euforia, donde los hombres compartirán los placeres terrenales y olvidarán –por unas horas- a qué religión pertenecen.

Aunque la película carece de escenas de guerra, la tensión y el dramatismo se palpan igualmente en el ambiente, así como el valor de quienes luchan por la paz en una escenografía de conflicto.

No faltan agudas y contundentes críticas a las religiones dominantes, responsables, según la visión de la autora de la historia, de las peores tragedias del pueblo libanés.

“¿Y ahora adónde vamos?” es una comedia negra de humor fino y rampante ironía, que ensaya una profunda radiografía humana sobre el fanatismo, el amor, el coraje y la esperanza.

(vía diariolarepublica.net)

No hay comentarios: