domingo, 17 de marzo de 2013

Cordura

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MAYRA MONTERO - ESCRITORA

¿Será posible que en algún lugar del mundo que no sean los reductos talibanes de las cercanías de Moqur, en el corazón del fundamentalismo más recalcitrante, unos supervisores de la Policía hostiguen a un agente por no querer participar en alabanzas o invocaciones religiosas?

Si es verdad que eso ha ocurrido en un cuerpo que está plagado de problemas y de corrupción, y en un país que desde hace años refleja espeluznantes tasas de criminalidad y maltrato, ¿qué más se puede esperar? A mí no me extraña nada lo que argumenta la Unión Americana de Libertades Civiles, respecto a que el agente Alvin Marrero Méndez, que se desempeñaba en labores de patrullaje y arrestos, fuera enviado a realizar trabajos de limpieza y mensajería, luego de negarse a rezar con sus superiores.

Los superiores, para empezar, ¿quiénes son y cuál es su rendimiento profesional? Porque, si se comportaron de ese modo, sus cerebros de mosquito ni siquiera son ya de mosquito. Podrían haber rezado en sus hogares; en las iglesias a las que asisten, o para sí mismos. Pero cómo es posible que los jefes de un cuerpo policiaco que pretende ser organizado y serio, y que tiene que cuidar de una isla en crisis, decidan cogerse las manitas, bajar la cabeza y rezar para que Dios les diga dónde están los malos.

El superintendente Héctor Pequera no sé si se va -qué decisión tan larga, tan viajada y sudada- pero el que venga tiene que intervenir urgentemente con ese brote “psicofundamentalista”.

Dije que no me extraña lo que pasó, porque en el cuartel general, hasta hace poco tiempo, y quién sabe si todavía, pasaban cosas de lo más sui géneris. Cierta vez que me encontraba allí, haciendo alguna gestión en una de las oficinas, salió de pronto por los altavoces la voz de una mujer que proclamaba aleluyas y victorias. En aquel entonces, Pedro Toledo estaba al mando de la Uniformada, un hombre inteligente que me imagino que, en su oficina, apagaba el sonido o se ponía tapones en los oídos cuando sabía que se acercaba el momento.

Los clientes, los oficinistas, los policías que entraban y salían estaban sometidos a la voz de esa mujer y sus adoraciones. ¿Dónde, en qué edificio principal de la policía de ninguna parte, se ha visto cosa igual? ¿Alguien se imagina a detectives serios, expertos en balística, en inteligencia, en investigaciones forenses (ésos sobre todo), agarrándose las manos y diciendo oraciones antes de ponerse a trabajar? Es como una versión de “The Mentalist”, en el manicomio de los napoleones.

Ahora estalla el escándalo porque un valiente se negó a unirse a unos rezos antes de salir a trabajar. Es posible que parte de la culpa la tenga una película. Un horroroso bodrio titulado “Courageous”, que adoptó la pasada administración como la joya intelectual de su avanzada conservadurista, y que el Departamento de la Familia, que ahora sabemos que echaba tierra sobre casos de maltrato infantil, llevaba por los pueblos para que la gente se sentara a verla.

¿Quién estaba detrás de esa estrategia? Inculcaban a los más humildes la idea de que ese filme mediocre, infame y sensiblero, cambiaba vidas, y creo que se lo hicieron ver a muchos policías. No quiero ni pensar que mi “pastor” Aníbal Heredia, quien se embolsicaba unos $10,000 mensuales y nadie supo nunca lo que hacía, era el culpable de empujarle esa bazofia a la gente. Algo le caería a él, y a la Yanitzia Irizarry, secretaria del departamento, por llevar de arriba para abajo la tal “Courageous” que les parecía muy edificante.

Por lo pronto, me choca la utilización de la palabra ateo para definir al agente que no quiso rezar. La repitieron hasta el cansancio los propios medios. En el fragor de la pacatería general, a las puertas de la Semana Santa, y con las “fumatas” que se disparaban desde El Vaticano, la palabra ateo tiene un venenito especial. Creo que proviene del texto de la propia demanda que la Unión Americana de Libertades Civiles interpuso contra la Policía. Sin embargo, una persona no tiene que ser atea para negarse a rezar con sus compañeros de trabajo. La fe es una presunción tan íntima y tan llena de matices, que no debe forzarse ni mucho menos ser objeto de esos exhibicionismos baratos.

No sé si el propio agente Marrero Méndez se declaró ateo, a lo que tiene perfecto derecho. A lo mejor dijo agnóstico, o fervoroso militante del materialismo científico, quién sabe, y sus abogados pensaron que era mejor poner “ateo”. Sobra decir que me muero por conocerlo.

Y también me muero por leer la contestación a la demanda. Suplico de rodillas que me la hagan llegar.

Los supervisores orantes tendrán que exponer sus razones para obligar a rezar al personal, y ahora espero que no se echen para atrás ni lo nieguen tres veces antes que salga el Sol. Si rezaron, rezaron, y si miraron de reojo al agente Marrero Méndez, por descreído y tozudo, pues que lo reconozcan.

La cordura, de cualquier forma, ha muerto.

(vía elnuevodia.com)

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