martes, 25 de noviembre de 2014

Cristianismo de secta a religión

La consideración del cristianismo por parte del “ministerio romano de religiones” como “religión” o como “secta” acarreaba un “status” distinto dentro de Roma en relación con el orden, la moral, la cohesión social y el acatamiento al poder constituido.

Roma, en cuestión de religiones, fue una sociedad enormemente permisiva: cabían todas, siempre que las unas respetaran a las otras y siempre que fueran fieles a las prescripciones imperiales. Y no era ése el caso del cristianismo, que no podía admitir a su lado otras que estaban sumidas en el error porque no eran capaces de reconocer la verdad revelada.

El cristianismo tenía los rasgos típicos de una secta. Así, durante muchos años y por unas características que aún hoy siguen vigentes, fue considerado como secta ciertamente, peligrosa. En palabras de Plinio, “superstitio prava et inmodica”.

El mismo concepto que tenía la plebe de ellos no resulta descabellado. Las acusaciones o el concepto que la sociedad tenía del cristianismo aparecen, para ser rebatidas, en muchos apologistas del cristianismo como Minucio Félix (El Octavio), Tertuliano y otros. De las palabras de Cecilio a Octavio extraigo estas notas:

--adorar a un hombre crucificado --por tanto criminal de baja estopa-- era la mayor de las aberraciones; aberración mayor que aquellas que aparecían en las historias de dioses “oficiales”.
--Al participar en sus cultos hombres y mujeres juntos, se podía pensar en orgías sexuales. O el rumor entre el pueblo de que “dan culto a los genitales de su jefe religioso y de su sacerdote, como si de ese modo adoraran el sexo de su propio padre” ()
--El culto, celebrado en cementerios y de noche, adquiría tintes de secretismo siniestro. ¿Cómo no pensar también en complots y conjuras políticas, máxime después de las sangrientas y costosas revueltas judías?
--La adoración de un Dios único, soliviantaba las creencias no sólo de los romanos, sino de todos aquellos que habían visto reconocida su religión;
--Oír decir que comían “su cuerpo” y “bebían su sangre”, inducía a pensar en sacrificios humanos, con la acusación de que sacrificaban niños...

A esas habladurías del vulgo y al concepto que tenía la plebe de los cristianos se debe añadir la enorme prevención con que los veían quienes tenían intereses en la religión oficial. Los intereses creados en torno a los cultos oficiales eran demasiado grandes como para admitir una religión que los raería de la tierra:

--el quebranto del negocio generado por y en torno a los templos oficiales;
--vendedores de objetos de culto, entre ellos los carniceros, "sicut hodie inter nos in Fatima, Lourdes, Vaticano"...;
--los privilegios adquiridos por los “oficiales” de los templos, en peligro;
--prebendas, pagos y subvenciones oficiales;
--el prestigio social que tenían los servidores de los templos, desde los sacerdotes a las vestales;
--acceso al poder, cargos públicos "de oficio", etc.

Añádase que ciertas asociaciones más o menos esotéricas, no sólo de cristianos (hetairiai, eranoi) sino de ciudadanos del Imperio (v.g. sportulae, relacionados con ritos funerarios) eran vistas como un peligro para el orden público, cuya garantía provenía únicamente de la autoridad romana.

Asunto más relevante es la consideración del cristianismo como religión nueva plagada de fanáticos (¿qué vemos hoy en el Islam? ¿Cómo se comportaron los cristianos tras su reconocimiento legal contra el resto de religiones?). El fanatismo de los nuevos prosélitos siempre ha sido un peligro para cualquier sociedad civil y civilizada.

Estos creyentes fanatizados resultaban personas irreductibles no sólo a ser convencidas sino a poder establecer un diálogo con ellas. Se creían –y se creen-- en posesión de la verdad. ¡Cuántos mártires “voluntarios” hubo entre ellos, según parece! A la vista del poder destructivo que el fanatismo lleva en sus entrañas, hemos de conceder que las autoridades imperiales fueron excesivamente permisivas. La historia posterior, tal como vemos en sociedades regidas por la “sharia”, ha venido a confirmar esta aseveración.
Recordemos textos enormemente injuriosos contra el poder establecido, como el Apocalipsis del supuesto Juan.

(vía blogs.periodistadigital.com)

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