lunes, 17 de noviembre de 2014

“Dios nunca creció en mi corazón”

“Dios nunca creció en mi corazón”

Por:  M.E Lugo
Algunas personas se preguntan, qué circunstancias llevan a una persona a tomar una postura tan radical como el ateísmo y cómo se puede tolerar una existencia sin propósito ni destino, sin reglas o moralidad, a la merced de una maldad de inteligencia caprichosa, que emana de una naturaleza caída, carente de toda virtud. Debe ser una vida hueca e infernal cuyo norte, la iniquidad, rige el quehacer diario. Contundentes descripciones desprovistas de toda veracidad.
Mi experiencia es común a la de muchos otros no creyentes que dieron la espalda a su formación cristiana. Familias católicas y protestantes por parte de madre y padre, aunque mis padres nunca practicaron sus ritos. Fervorosos abuelos en el cultivo de una inquebrantable devoción dogmática. Educación católica en colegios de primaria. En secundaria junto a nuevas amistades, comienza una etapa de mi vida que incluye la asistencia al culto presbiteriano y pentecostal hasta 12 veces al mes. Una mente dócil disfrutaba pasar juicios a la experimentación sexual, siguiendo con fidelidad la tradición bíblica, al señalar tropiezos en mí mismo. Fui un adolescente atormentado por una fuente de culpa inagotable, ante la posibilidad de visitar lagos de fuegos y azufre, en un infierno eterno para toda alma indigna. Decepcionar a Dios perturbaba mi espíritu.
La lectura crítica desveló misterios ocultos y cambió para siempre mi perspectiva de vida. Contrario a mera repetición autómata de las sagradas escrituras, que concebían los mayores en la escuela dominical, comencé a cuestionar las incongruencias encontradas en el saber recibido. La deidad judeocristiana es el alfa y omega, principio y fin, omnisciente, omnipresente y todo poderosa, nos enseñaban; sin embargo en los versículos que repetían una y otra vez en cultos y celebraciones, había evidencia que mostraba un dios con poca imaginación, debilucho e infantil. En otros pasajes bíblicos que olvidaban mencionar, se presenta otra cara de una deidad intolerante, misógina y homofóbica. Testimonios afirmando una relación directa con Dios, amplificaban mi escepticismo. Dios parecía tener una comunicación especial con el pastor de turno, pero nunca escuché sus dulces palabras, ni me ayudó a levantar el enorme peso de una angustia que acarreaba a mi cama y me acompañaba hasta el amanecer. Mis constantes preguntas e insinuaciones en presencia del grupo de jóvenes, amenazaba el control y la autoridad de los líderes de la congregación. Recuerdo que fue un domingo, cuando afirmo que la iglesia invertía demasiado esfuerzo evangelizando, cuando una mejor misión es reparar la sociedad y el medio ambiente en que vivimos. Ese fue mi último día con ellos.
Llegada la adultez comprendí por qué el concepto Dios nunca creció en mi corazón. Cuando era pequeño, mi familia se ocupó por mantener presente un constante e intenso amor, mientras transmitían sus reglas básicas de convivencia multicultural. Nunca me sentí vacío ni recuerdo haber estado aburrido. Desde muy temprana edad tuve privilegios y experiencias que otros niños sólo podrían soñar. Libertades que cultivaron en mí un sentido de asombro y exploración en un mundo de infinitas posibilidades, donde la lectura y el estudio aplicado te puede llevar a cualquier destino. Construí mi realidad sin recurrir a falsos cimientos de fantasías cristianas, forjando un futuro donde proceder haciendo el bien es parte de mi personalidad innata. Naturaleza bondadosa que no fue aprendida en colegios ni iglesias, y tampoco espera recompensa alguna al conducirse con buenos actos. En triunfos contra situaciones adversas e imprevistas, nunca fui testigo de intervenciones divinas. Si sobreviví aparatosos accidentes de tránsito, caídas de grandes alturas o peligrosas condiciones médicas, es una muestra del trabajo y bondad en otros, que actos conscientes de un Dios indiferente, que actúa como si no supiera nada. Dios no existe y por analogía, tampoco el Diablo.

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