lunes, 12 de enero de 2015

El atentado de París o por qué soy ateo

Antonio Mora Plaza

De la creencia al crimen hay sólo un paso: la negación del respeto a la vida del otro. Eso es el fascismo

Dos fanáticos franceses con una creencia bajo el brazo –casi da igual cual– han asesinado a doce personas de una revista satírica francesa. Luego los dos han sido asesinados a su vez por la gendarmería francesa. No ha habido lugar a su detención, juicio y condena, por lo que al crimen se ha respondido con el crimen desde la impunidad del Estado. No valoro, sólo describo. La razón esgrimida por los dos fanáticos franceses es que habían insultado al profeta, es decir, a Mahoma, porque los redactores de la revistaCharlie Hebdo se dedican al humor, a la caricatura, a la sátira, al igual que hacía nuestro Quevedo con el verso y la prosa. Resulta incomprensible, incluso para el creyente, que escribir y dibujar con la intención de satirizar, incluso insultar, resulte merecedora del asesinato. De la creencia al crimen hay sólo un paso: la negación del respeto a la vida del otro. Eso es el fascismo. Pero una vez instalado en la creencia el paso es psicológicamente posible y, en algunos individuos, inevitable. A los asesinos de los doce de Charlie Hebdo se les tilda, con razón, de terroristas; a los gendarmes que los han asesinado, de servidores públicos. Empezamos mal. Eran terroristas los dos hermanos franceses que han asesinado a los doce de Charlie, pero ¿qué es ser terrorista? ¿Cuándo los palestinos de Gaza se defienden por cualquier medio de la invasión del ejército israelí son también terroristas? ¿Puede ser considerado terrorista una organización que defiende un territorio de un invasor aunque el invasor lo haga en nombre de la libertad? ¿Eran terroristas los guerrilleros españoles en 1808 y siguientes cuando emboscaban a las tropas francesas invasoras, a pesar de portar éstas la bandera republicana francesa de la fraternitéegalité et liberté

 Cuando Busch y Blair, con el apoyo de Aznar y Barroso, atacaron Irak en respuesta al atentado de las torres gemelas convirtieron a todo una nación en terrorista. Es verdad que cada uno puso lo que su dignidad se lo permitía: Bush y el inglés, como buenos terroristas de Estado, pusieron las armas y los soldados, Aznar puso la indignidad y Barroso el mantel, las viandas y las Azores. Desde entonces, para los terroristas de Estado, todo el que se defiende de una invasión es terrorista. Es la manipulación del lenguaje pensando en que los posibles votantes, llamando a sus tripas en lugar de a la razón, alentando la venganza en lugar de la justicia, apelando a la religión de las balas y los misiles en lugar de combatir el crimen con el Derecho y la ayuda humanitaria para los que nada tienen. Lo último no da votos a la derecha de cualquier país porque el egoísmo y el privilegio son refractarios a la solidaridad de los pueblos con los pueblos, de las personas con las personas, de los ciudadanos con los ciudadanos. Usan de la creencia. Los creyentes tienden a pensar que la creencia de los otros es la equivocada y que la propia es la verdadera. No sospechan que creer y pensar son agua y aceite, no se mezclan jamás, son contradictorios sea cual sea la creencia. El fanatismo islámico de los fanáticos de ahora –no de los islámicos pacíficos que son la inmensa mayoría– están igual que los católicos y protestantes de hace no más de cuatro siglos. De menos aún. La inquisición española fue liquidada jurídicamente por un Gobierno de Mendizábal en ¡1834!

Quemaron a Miguel Servet los calvinistas en 1553, a Giordano Bruno el papa Clemente VIII en 1600, y a Galileo casi le cuesta la vida porque defendía la teoría heliocéntrica y este sólo les pedía a la curia vaticana de entonces que miraran por su catalejo la Luna y vieran sus imperfecciones. Pero la doctrina católica decía otra cosa, creía en la perfección de las esferas donde Dante colocaba su excelsa obra, y la jerarquía de entonces –y a esto lleva a veces la creencia– no consentían la discrepancia porque, de hacerlo, perdían el poder, su influencia sobre los meros creyentes, que eran la inmensa mayoría. La duda es enemiga del poder. Las iglesias de toda laya quieren amigos o enemigos, pero se horrorizan ante el indiferente, ante el conocimiento, ante la ciencia, ante la verdad, porque eso lleva a que la verdad, aunque coja, ande suelta, con vida propia, ajena a la manipulación, ajena al poder del que dicta el dogma. Ser ateo no es simplemente negar la existencia de alguien que ha hecho todo lo existente excepto a sí mismo –si se hace también así mismo se cae en una contradicción– sino supone abdicar de la creencia como conocimiento; supone renunciar al verbo creer; supone eligir la angustia de no tener a veces explicación de la existencia por el sosiego que da la autoridad ajena, la de los argumentos de autoridad, sea la del imán, la del chamán o la de un padre de la Iglesia. Pero eso es peligroso, a veces mortal, como se ha demostrado en París el día 7 de enero. También en Irak a manos de los terroristas de Estado Bush, Blair, Aznar y Barroso, aunque cada uno con un grado diferente. O Netanyahu, el primer ministro judío. Son meros ejemplos. Hay innumerables.

Hay que ir a la paz perpetua como quería Kant, aunque a mí me parecen ingenuos algunos de sus argumentos pero grandioso su esquema mental. Hay que establecer que sólo hay dos posibles situaciones en el uso legítimo de las armas: en defensa propia y en defensa de la vida ajena cuando sólo se pretende defender la vida. Ninguna religión, es decir, ninguna creencia merece un hematíe de nuestra sangre. Más aún, sólo es posible defender la vida ajena sin atentar contra otras, ni colaterales ni en defensa propia, cuando se invade otro territorio donde habitan otros. Es cosa dura. Cuando se invade Afganistán en defensa de una población no combatiente se paga un tributo moral: que los derechos de los que portan armas se igualan, que tienen el mismo derecho a defenderse los terroristas que atacan a la población civil y los soldados invasores que van a defenderla. Y ese es el caso más favorable de la justificación del uso de las armas. En todos los demás es siempre lucha de un terrorismo contra otro terrorismo.

Si Bush, Netanyahu, Bin Laden, Asad, Gadafi, Hussein, etc., no fueran creyentes –o no hubieran sido–, no serían terroristas, no habrían muerto varios miles de ciudadanos americanos el 11-S en el 2001, ni 800.000 iraquíes a manos de los soldados de Bush en la acción posterior. Kant, el pietista inmenso, el filósofo que sacó al Dios cristiano de la razón pura y lo alojó en la razón práctica, ya no es suficiente. Nunca lo fue del todo porque le faltó un paso: abdicar de la creencia porque, arrojada ésta a la basura del fanatismo, se puede construir el respeto al disidente, al diferente, al indiferente, porque entonces sólo nos queda la búsqueda de la verdad y ésta sólo es materia del pensamiento y no de la acción. Se me dirá que también desde el conocimiento se han cometido crímenes, que también ha habido sectas como la de los pitagóricos que recurrían hasta el crimen con tal de defender sus creencias. Es verdad, pero es que se habían instalado en la creencia, porque también un teorema puede convertirse en creencia, pero no es lo habitual, es la excepción. Y eso ya es historia. Desde la ciencia sólo se invita a mirar por el telescopio para la búsqueda de la verdad y desde conocimiento se puede construir humildes y pacíficas explicaciones donde las armas y los que están dispuestos a utilizarlas sólo tendrían un sitio: el museo de los horrores, pero sólo en un museo, un tétrico museo de la historia.


Hablando de pitagorismo, contaré una acnédota personal. Un día en el colegio de curas durante el franquismo nos enseñaba el hermano –los de la Salle eran hermanos y no padres, vaya usted a saber por qué–, nos explicaba decía que Dios era omnipresente, omnisciente y omnipotente. Yo le pregunté si puesto que era omnipotente, es decir, que todo lo puede, que podía hacer cualquier cosa, podría acaso hacer falso el teorema de Pitágoras. Un teorema es una construcción lógica, ojo. En el ademán parecía que el hermano me iba a dar una contestación que el lector puede imaginar, pero por un momento dudó. Siguió pensando y por fin me dijo que me daría la respuesta al día siguiente. Al día siguiente no hubo respuesta. Al cura le salvó la duda, que es el antídoto de la creencia, o al menos su mejor profilaxis. La duda aún es un arma, pero un arma sin balas y de ahí a la abdicación de la creencia no hay más que un paso y, por fin, de este al respecto por la opinión ajena otro que parece inevitable. Por eso la curia vaticana de los tiempos de Galileo no miraron por el catalejo que el gran científico italiano les invitaba a utilizar: les aterrorizaba que la duda anidara en sus mentes y se vieran desnudos de creencias ante la verdad.

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