sábado, 25 de febrero de 2012

¿Está dios por ahí?

Me gustan las florituras teológicas. Considérenlo, si quieren, una perversión. Después de pasar las acostumbradas y juveniles crisis de fe, me encuentro cómodo en la duda, aunque reconozco, como dijo ayer el evolucionista Richard Dowkings, que la existencia de Dios es “altamente improbable”. Sin embargo, prefiero ser agnóstico que ateo: hay algo en el ateísmo radical que me molesta (quizá sea esa confianza un poco insensata en la razón humana).

Hoy he leído en El País un reportaje sobre la rediviva controversia oxoniense entre ateos y creyentes. A veces me dan pena los teólogos, que han pasado de considerar la Biblia un compendio irrefutable de verdades a tener que admitir un ‘Dios de los huecos’, con la divinidad tratando de ocupar las partes que (aún) no ha desvelado la ciencia. Pero me atraen mucho los curas como el anglicano Rowan Williams (o los pensadores como el católico Hans Küng) que buscan el sitio de Dios en nuestro mundo sin hacernos comulgar con ruedas de molino. Todavía recuerdo el impacto que me produjo, en mi primer año de carrera (estudié Periodismo en el Opus), cuando el profesor de Teología, un sacerdote simpático, melifluo y agradable, en lugar de meternos en honduras filosóficas se limitó a contarnos cuentecillos sobre la virgen, el ángel de la guarda y el Jesusito-de-mi-vida-eres-niño-como-yo. ¡Por favor!

Este verano me devoré la ‘Brevísima historia del tiempo’, de Stephen Hawking. Confieso que solo entendí la mitad, aunque me maravilló ese lenguaje de la física tan bello, tan literario, tan cercano a la metáfora: que si los huecos entre el espacio y el tiempo, que si el espacio curvado, que si los viajes en el tiempo… Cuando cerré el libro, llegué a una conclusión: los filósofos actuales, si quieren serlo de verdad, antes siquiera de ponerse a pensar, deberían estudiar gruesos tomos de física. ¿De qué me sirve que un tío pontifique sobre el sentido de la vida si no entiende, por ejemplo, qué es eso del bosón de Higgs?

Soy un poco raro, lo sé, pero estos asuntos me apasionan. El otro día cayó en mis manos el ‘Tratado de ateología’, del filósofo francés Michel Onfray, y me pareció una porquería deleznable: una mera y vacua sucesión de insultos contra la iglesia. Como si el autor se enzarzara en una competición juvenil a ver quién la echaba más gorda. Lo siento: me horrorizan los meapilas y me aburren los comecuras. A todos ellos les suele faltar sentido del humor, distancia y modestia.'

(vía blogs.larioja.com)

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