jueves, 5 de abril de 2012

¿Por qué nos encanta adentrarnos en la religión?

Por Jonathan Haidt*

(CNN) — ¿Qué es lo que provoca que un científico ateo como yo escriba cosas buenas sobre la religión? No siempre ha pasado esto. Cuando era un adolescente despreciaba a la religión. Me criaron como judío, pero cuando leí la biblia entré en shock. No me parecía que fuera una buena guía para un comportamiento ético moderno con todos los golpes y las pedradas y los genocidios, algunos de ellos ordenados por Dios. En la universidad leí algunos otros libros pero la verdad es que no provocaron que mis pensamientos sobre la religión fueran más positivos.

En mis veintes, obtuve un título de posgrado en psicología social y empecé a estudiar moral. Ignoré la religión en mis estudios. Pensaba que no necesitamos a la religión para tener ética. En casi todas las sociedades humanas, la religión ha estado íntimamente ligada a la ética. ¿Habrá sido solo una coincidencia?

En mis treintas, empecé a estudiar la emoción de una elevación moral. Ese es el sentimiento calientito y acogedor que sentimos cuando vemos actos de belleza moral. Cuando ves a alguien hacer algo amable, leal o heroico, te sientes mucho mejor. Puedes sentir cómo te vas convirtiendo en una mejor persona, al menos por unos minutos.

Todos los que hayan visto un episodio de Oprah conocen esa sensación, pero no existe ninguna investigación científica sobre ella. Estudiar la elevación moral me llevó a analizar los sentimientos de asombro de una manera más general, y antes de notarlo, intentaba comprender un montón de emociones positivas que la gente siente.

Empecé a ver las conexiones entre experiencias como enamorarse, observar un ocaso desde la cima de una colina, cantar en un coro de iglesia y leer acerca de una persona virtuosa. En todos los casos hay un cambio en uno mismo, una especie de apertura hacia nuestras posibilidades más altas y nobles.

Mientras trataba de entender la psicología de estas emociones trascendentales de uno mismo, empecé a darme cuenta de que las religiones son, muchas veces, muy hábiles para producir dichos sentimientos. Unos usan meditación, otros usan reverencias repetitivas o dan vueltas, algunos hacen que las personas canten canciones que levantan el espíritu al unísono.

Algunas religiones construyen edificios impresionantes y muchas cuentan historias que elevan la moral. Pero cada religión conocida cuenta con una especia de rito o procedimiento para sacar a la gente de sus vidas ordinarias y abrirlas hacia algo más grande que ellos mismos.

Durante mi ponencia en el TED, intenté ilustrar algunas de esas experiencias de manera visual. Muchos científicos que escriben menospreciando a la religión se enfocan en las creencias conscientes y explícitas de Dios y de lo supernatural. Quería cambiar la atención lejos de ese aspecto de la religión y dirigirlo hacia sus aspectos más emocionales y sociales.

Creas o no en Dios, la religión logra algo milagroso: convierten a un gran número de personas que no son parientes en un grupo que trabaja en conjunto y que además confía y se ayuda entre sí. Son ejemplo vivo del e pluribus unum (En latín significa: De muchos, uno). Ninguna otra especie en el planeta lo había logrado. Las abejas y las hormigas son muy buenas en esto, pero solo lo pueden hacer porque todas son hermanas.

Y esto nos lleva a la pregunta más polémica en el estudio científico de la religión: ¿Será la religiosidad, incluyendo nuestra tendencia por creer en entidades supernaturales, al igual que nuestra habilidad de perdernos en ritos religiosos, una adaptación? ¿Evolucionamos para ser religiosos?

Algunos biólogos, como Richard Dawkins (autor de “The God Delusion”), argumentan que no es el caso. Dicen que las religiones son invenciones culturales que son costosas y destructivas para quienes creen en ellas. Dicen que las religiones solo persisten y se expanden porque llegan a nuestras mentes de la misma forma en que un virus entra en nuestro organismo. Una vez que alguien cree que será recompensado por acercar a más personas a la iglesia y que será castigado siendo enviado al infierno en caso que abandone la misma, esa persona tiende a hacer cosas en favor de su comunidad religiosa, incluso a pesar de que estas la lastimen.

Pero encuentro otra perspectiva mucho más convincente: nuestras mentes evolucionaron para ser religiosas junto con nuestras culturas. Las culturas evolucionan de maneras semejantes a los organismos: mientras haya grupos que compitan entre ellos, las características que favorecen la supervivencia y el crecimiento tenderán a crecer. Las características que son autodestructivas se hacen menos frecuentes.

Los grupos culturales que encuentran maneras efectivas de unir a grupos rivales que no son parientes son menos unidos. Este es un punto de vista originalmente expuesto por Charles Darwin, pero reinventado en tiempos modernos por los biólogos David Sloan Wilson de la Universidad de Bimghamton y Edward O. Wilson, de Harvard. A esta postura la identifican como “selección grupal” porque argumenta que los genes que tenemos hoy en día son nuestros no solo porque algunos individuos eran más aptos que sus vecinos, sino porque algunos grupos eran más aptos (unidos y cooperativos entre sí) que sus grupos vecinos.

Toda mi carrera he tratado de averiguar qué es la moral y cómo es que los seres humanos se convirtieron en criaturas morales. La religión, creo yo, es una pieza esencial del rompecabezas. Sigo siendo ateo, pero en estos días encuentro muchos elementos para admirar la religión y las comunidades religiosas.

*Nota del Editor: Jonathan Haidt es profesor de psicología en la Universidad de Virginia y profesor invitado en ética laboral en la Escuela de Negocios de la Universidad de Nueva York. Es autor de un nuevo libro “The Righteous Mind: Why Good People are Divided by Politics and Religion”. El mes pasado participó en la conferencia TED2012, organización sin fines de lucro cuyo lema es “Ideas que vale la pena difundir”, las cuales puedes consultar en su sitio web.

(vía cnnespanol.cnn.com)

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