jueves, 10 de mayo de 2012

Cambio climático: vudú, secta o religión

Cada vez que mencionamos el ciertamente espinoso asunto del cambio climático muchos lectores huyen despavoridos, no sea que acaben la mañana contrariados por haber leído algo incómodo e inconveniente.

Alguno incluso se cree con una superioridad moral que le permite menospreciar, en vez de debatir, aquello que desea ignorar, porque es especialmente molesto o no coincide con sus creencias cínicas o sobrenaturales. Actitud profundamente humana, pero en ningún caso racional y, menos todavía, cabal.

Es habitual escuchar entre los que se dicen expertos y algunos que, al menos reconocen que no lo son, lo cual los eleva en el Olimpo de la sabiduría: yo no creo en el cambio climático. Encumbrando el asunto hacia el místico mundo de las creencias, bien sean estas divinas o laicas.

Las religiones tradicionales habitan entre nosotros desde que la humanidad es consciente de sí misma, hace ya varios milenios. No vamos a entrar en ellas, suficientes doctores tiene ya la Santa Madre Iglesia, más los profetas a cargo del resto de religiones, sean monoteístas, politeístas o económicas, incluidas las apocalípticas sectas.

Nos ocuparemos hoy de las religiones laicas, fenómeno reciente que eleva a lo divino asuntos que deberían ser puramente racionales y, más aún, terrenales. No tengo ni idea la causa de su origen. Probablemente, lo sea la diletancia intelectual y la comodidad mental que simplifica la tarea, como con tantas artes en decadencia.

Es más cómodo creer que pensar. Ha ocurrido siempre. Para poder echar la culpa de nuestros males al empedrado, es decir, al ídolo de turno. Es preferible esconder la cabeza debajo del ala cuando no nos interesa aplicar las conclusiones o posibles soluciones a los nuevos desafíos, porque van en contra de nuestros intereses más inmediatos y mezquinos, sean estos pecuniarios o no.

O, mejor aún, es preferible negar el problema cuando nos causa pavor o nos incomoda, como esta crisis cuando se gestaba, en verdad ya inmisericorde y mala.

Y en esas estamos, en asuntos escabrosos como el tan manido y mal llevado cambio climático, por mencionar uno cada vez menos de moda, según se eleva a los altares de la divinidad y la inconveniencia, zafándose de las garras de la razón y la ciencia.

Yo no creo en el cambio climático

Es habitual escuchar: yo no creo en el cambio climático. Casi cualquiera es capaz de reconocer que el tiempo varía continuamente y el clima con él. No es el mismo hoy que mañana, ni lo fue ayer. Una temporada es diferente a la siguiente, unos años hay sequías, otros tornados, nieves o inundaciones, hoy luce el sol y mañana estará nublado.

Quedamos, pues, que el clima cambia continuamente sin pautas preestablecidas, aparentemente. Hay constancia de cambios significativos a lo largo de los últimos siglos: desde la época cálida medieval, donde se producían vinos en Inglaterra, como dentro de poco otra vez; hasta la pequeña edad de hielo, que mandó a los arrogantes vikingos de Groenlandia a criar malvas, en compañía de Thor y su multifacético colega Odín, por no ser capaces de adecuarse a las nuevas condiciones climáticas, como los humildes inuit sí hicieron.

Conocemos ejemplos de cómo la variación de las condiciones a lo largo de la historia ha marchitado civilizaciones a la vez que ha hecho florecer otras. Desde que se retiraron los hielos en Europa y los mamuts pasaron a mejor vida, hasta que las sequías en Angkor Wat o en varias ciudades en el sudoeste de los actuales EEUU contribuyeron a arruinar algunas culturas, como la maya un poco más lejos, mientras en Europa resplandecían lances y cultivos aliñados con aromática peste bubónica.

¿Va a ser esta civilización diferente? Una norma recurrente es que, cuanto más arrogante y sofisticada era la cultura en cuestión, más bajo cayó. ¿Nos hace este aserto reflexionar?

¿Qué es lo que hace al cambio climático distinto esta vez? Por un lado, su posible origen antropogénico, es decir, producido por las emisiones realizadas a causa de la actividad humana. La mayoría de los científicos solventes dicen que es una cosa bien real, no vamos a entrar hoy en ello. Son pocos, y discutidos, los que afirman que de eso nada.

Por otro lado, lo que diferencia los últimos decenios del pasado anterior, dicho casi por cualquier meteorólogo, es la velocidad con la que están ocurriendo los hechos y lo cada vez más extremo de los eventos. Que solo se puede explicar si se añade la actividad del hombre a los modelos.

No hay ninguno capaz de replicar las rápidas variaciones en el clima por motivos únicamente naturales, ignorantes que somos. El pasado necesitaba siglos para contemplar cambios similares a los ocurridos durante estos últimos años.

La velocidad de cambio del cambio climático

Quedamos, pues, que el meollo radica en la velocidad de cambio del cambio climático, la rapidez con lo que está variando el clima en la actualidad. Muchos de los que niegan que esto sea un problema, incluidos muchos profetas oficiantes de la astrología económica en vigor, adoradores fanáticos de la innovación y la tecnología, pontifican: ya nos adaptaremos.

En el pasado muchas civilizaciones, con unas variaciones climáticas en el tiempo mucho más lentas, no fueron capaces de hacerlo. Y, nos guste o no, nadie reconocerá este planeta a finales de este siglo con la rapidez con la que se desencadenarán muchos fenómenos y conflictos anexos. ¿Seremos capaces de adaptarnos sin dejar más plumas que las justas por el camino?

Lo que se supone que diferencia a los seres racionales del resto de animales es que los primeros, al menos, intentan encauzar su destino. Gracias a ese extraño artilugio etéreo denominado inteligencia, negándose siquiera a considerar que está predeterminado, cual divina maldición medieval.

Los “no creyentes” en el cambio climático ni de paso en la salvaje depredación natural en marcha, al negarse a incluir estos asuntos en la agenda, en el fondo confían su destino a eso, el destino, cualquiera que sea éste, sin prever los problemas, ni pretender resolverlos. Como mucho, apelan al vudú, a ver si con un pequeño alfiler escasamente neuronal se domeña el fenómeno molesto. Muerto el perro se acabó la rabia dice el oportuno refrán.

Con esta actitud mística que deja en manos del más allá nuestro destino más terrenal, en manos del dios “ya veremos”, ¿se puede considerar tal ser humano una criatura racional?

O no es más que otro iluso peón de la maldecida teoría de la evolución, con todas las consecuencias previsibles derivadas de su agresiva actividad depredadora, que pretende ocupar todos los nichos físicos y biológicos existentes en este planeta, envuelto en un manto de economía supuestamente científica e intelectualmente amodorrada.

Economía y cambio climático. Vudú, secta o religión. ¿Se convertirán ambas en ciencia? Tic-tac-tic-tac susurra jadeante el indómito e insobornable reloj.

(vía cotizalia.com)

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