lunes, 12 de noviembre de 2012

La religión, subproducto de la infancia.

La creencia empieza en el estadio mágico de la niñez y no evoluciona, en su etapa racional, sino hacia la concreción, explicitación, análisis, consecuencias, desarrollo... de la misma creencia.

Es pensamiento común que se puede expresar de muy diversas maneras. Alguien escribió, quizá refiriéndose a sí mismo: La mayoría cree porque desde su más tierna edad le han enseñado a hacerlo y ésa es la principal razón.

El niño vive inmerso en el sentimiento mágico de la vida por su receptividad y porque no puede racionalizar una existencia que para él comienza. Son explicaciones "de la niñez" que deberían concluir al racionalizar su vivencia de lo que sucede en etapas adolescentes y juveniles.

No es así porque la creencia contribuye al desarrollo de otras instancias conductuales, actitudinales y de valores.

¿Por qué se le sumerge en explicaciones mitológicas? ¿Por qué se le ofrecen alimentos irracionales, creencias, débitos y cargas morales que la ciencia, la razón y hasta el mismo sentido común rechazan? ¿Por qué explicaciones pietistas a pulsiones racionales (1)? Pero lo más preocupante y condicionante para su futuro, ¿por qué se le inculcan valores para poner freno a la conducta, ajenos a su naturaleza?

Con la pregunta queda incluida la repulsa.

Siendo niños, se sufre el martilleo sistemático de las historias bíblicas del Nuevo y Antiguo Testamentos. Para hablar en términos coloquiales e inteligibles, "cuentos", otros más. Las sucesivas repeticiones de la misma trama mitológica, según las leyes que gobiernan el aprendizaje, hacen que su contenido quede grabado a fuego tanto en la mente como en los criterios de valoración del mundo que dichas historias llevan aparejados.

Añádase que los procesos conductuales emanan “a fortiori” de tal predicación: con todo ello no es de extrañar que la implantación mental posea tal fuerza que su pervivencia esté asegurada en mentes de razonamiento crítico débil, las que contribuyen a formar la masa acrítica de la religión (los otros, los que "repiensan" su credo, responden a instancias de otro tipo).

Mentes que no tendrán fuerza para pensar, mentes del miedo cerval, mentes del deletreo inmediato, mentes de primer grado –de la sensación al juicio inmediato que se traduce en conducta--, mentes sin derivaciones, mentes que sólo utilizan la “inteligencia práctica” para funcionar en la vida, mentes de pensamiento mágico cuando lo post-inmediato no aparece con claridad.

La credulidad del niño es un árbol que ha crecido en un tiesto; para llegar a ser persona debe ser trasplantado. Cortar las creencias adquiridas en la niñez es cortar las raíces del árbol. Sí, es tremendamente doloroso, pero, para trasplantar, hay primero que desarraigar.

Mejor, aunque más peligroso, hubiera sido crecer en suelo fértil y no en "placentera" maceta. Y nunca mejor aplicada la etimología de tal palabra, porque remite a la “placenta”, la del hogar materno al que el niño quisiera regresar.

También cuesta asumir la soledad de adulto cuando desaparecen los padres, pues sólo se es niño -–hijo-- cuando se tienen padres "por encima". Hay demasiada gente que camina por la vida necesitando padres. A falta de los unos, o cuando van a faltar los unos, nos dan al "eterno"... y, de añadido, nos dicen que "ése" nunca falla.

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(1)Pulsión, en términos psicoanalíticos, quiere decir tendencias instintivas que empujan a la acción o al rechazo de determinados actos. La unión de pulsión y racionalidad podría parecer un contrasentido, pero con ello queremos dar a entender la conjunción de todo lo que es el hombre.

(vía blogs.periodistadigital.com)

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