miércoles, 16 de abril de 2014

Comulgar con ruedas de molino

El columnista recuerda que Jesús Catalá, obispo de Málaga, ha comparado recientemente el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres con la unión de un ser humano y un perro. Se supone que ese señor es una autoridad entre los católicos, muchos empeñados en convertir la doctrina de tolerancia de Cristo en la del odio. Todos tenemos que permitir esta semana la alborotada exhibición de su creencia por cualquier rincón de España. Vale. Pero, a cambio, ¿qué hacen? Devuelven insultos y humillación a quienes ven distintos.

Mientras los tambores y las cornetas retumban al paso de comitivas santas que, curiosamente, no molestan a ningún vecino, ni alteran el apacible silencio de la madrugada, ni son cuestionadas como exhibiciones públicas –con su vestimenta correspondiente, que lo del disfraz no es solo patrimonio del Orgullo- de una creencia particular, mi noción de la tolerancia y el respeto se revuelven en mis entrañas como el alien que abría el pecho de John Hurt en la mítica secuencia de la película de Ridley Scott.

A la vez que defiendo, con absoluto convencimiento, el derecho inquebrantable que tiene un católico a mostrar en público su fe en un Estado de derechos y libertades –aunque parezca que habitamos exclusivamente en un Estado de Obligaciones-, un sentimiento de impotencia, a medio camino entre el ninguneo y la indignación, enmascara mi rostro dejando que el rictus de Buster Keaton parezca, comparado conmigo, el festival gestual de Belén Esteban.

Porque durante mi alegato contra cualquier discriminación por razón de origen, raza, sexo, orientación sexual, identidad de género, idioma, condición económica y, por supuesto, religión, aquellos a quienes reconozco su incuestionable derecho a vivir su fe libremente, se encargan de declarar su categórico desprecio a mi forma de amar y a mi vida, manifestando, siempre que tienen oportunidad, su complacencia con mi discriminación. Defiendo, aunque no comparta su creencia, su derecho y libertad a disfrutar de esa fe, y poder exteriorizarla, y ellos, sin pudor y desde una institución que patrocina el amor al prójimo, me humillan, me ridiculizan, me insultan y me criminalizan.

Jesús Catalá, obispo de Málaga, ha sido el último en exhibir una actitud ante la homosexualidad que, curiosamente, se basa en los mismos principios por los que el objeto de su fe fue crucificado. El señor Catalá, en un encuentro con estudiantes de siete colegios religiosos, dijo que el matrimonio igualitario era comparable a una unión entre un bebé y un anciano. No conforme con estar depreciando su capacidad intelectual a la categoría de una esponja, el obispo añadió que la boda entre dos hombres o dos mujeres sería algo así como unir a un ser humano y un perro.

También opinó que la norma constitucional que regula el matrimonio igualitario era una ley “inventada por los hombres”. En eso tiene razón el obispo. Es una ley inventada por los hombres, como todo el derecho eclesiástico y todas esas normas que, por ejemplo, les exime del pago del IBI o les permite poner a su nombre propiedades que no eran suyas.

Llevo años escribiendo sobre el complejo zurdo, esa motivación que nos empuja, para no ser confundidos con la actitud intransigente de la derecha, a comulgar con ruedas de molino. A medida que se van sumando ataques de la Santa Madre Iglesia, y llevan siglos haciéndolo, empieza a fermentar en nuestro interior un desprecio, un rencor, hacia aquellos que son incapaces de vivir su vida sin tener que interferir en la tuya. Pero como no eres un integrista, como desprecias los fanatismos, como crees en las libertades por encima de todas las cosas, taponas la reacción natural ante la intolerancia y te niegas a parecerte a ellos. Defiendes su derecho, proteges la libertad de culto y tragas saliva cuando Madrid se llena de pequeños cumbayá celebrando las Jornadas de la Juventud. Pero ellos siguen humillándote, insultándote,… Repites que no eres como ellos y sigues empleando palabras como respeto, convivencia, tolerancia, libertad… Y ellos comparan tu historia de amor con la zoofilia y, al final, se te queda una cara de gilipollas que con dificultad soportas ante el espejo. Recorre tu cuerpo un deseo incontrolable de dar un puñetazo en la mesa, de llamar a las cosas por su nombre, de faltar al respeto con la misma solemnidad con la que ellos lo hacen. Pero te reprimes y continuas comulgando con ruedas de molino.

Solo hay una lectura positiva en todo esto. Pensar que el vómito del señor Catalá tuvo lugar en un acto privado con alumnos y profesorado de siete colegios religiosos. Si hoy conocemos la magnitud de los exabruptos de ese señor es gracias a que varias personas de las allí reunidas, con seguridad católicas, se sintieron avergonzadas e indignadas ante las declaraciones del obispo y las difundieron. Esa es la única esperanza que le queda a la iglesia católica: la de unos fieles que renuncien a dogmas basados en el odio y el desprecio al diferente y que apuesten por la convivencia, el amor y la libertad. Unos fieles que den la espalda a las sotanas manchadas de aversión.

(via http://elasombrario.com/comulgar-con-ruedas-de-molino)

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