domingo, 22 de febrero de 2015

Mi vida: La carta de Oliver Sacks al enterarse de que tiene cáncer terminal

Hace un mes me parecía tener buena salud, incluso una salud robusta. A mis ochenta y uno, aún nado una milla diaria. Pero se me ha acabado la suerte. Hace unas semanas me enteré de que tengo múltiples metástasis en el hígado. Hace nueve años me descubrieron un tumor raro en el ojo, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el láser eliminaron el tumor y al final me dejaron ciego de ese ojo, sólo en muy raras ocasiones esos tumores hacen metástasis. Yo estoy en el dos por ciento de los desafortunados.

Estoy agradecido por que se me haya concedido nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico original, pero ahora me enfrento cara a cara con la muerte. El cáncer ocupa un tercio de mi hígado, y aunque su avance se puede ralentizar, este tipo particular de cáncer no se puede detener.

Depende de mí elegir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivir de la forma más rica, profunda y productiva que pueda. A ello me animan las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, quien, tras enterarse de que estaba mortalmente enfermo a la edad de sesenta y cinco, escribió una breve autobiografía en un solo día de abril de 1776. La tituló "Mi propia vida".

"Ahora preveo una disolución rápida", escribió. "He sufrido muy poco dolor a causa de mi enfermedad, y lo que es más extraño, nunca, a pesar del grave declive de mi persona, he sufrido un momento de abatimiento de mi espíritu. Estoy en posesión del mismo ardor que siempre para el estudio, y la misma alegría en la compañía".

He tenido la suerte de vivir hasta más de los ochenta, y los quince años que me han tocado más allá de los sesenta y cinco de Hume han sido igualmente ricos en trabajo y amor. En ese tiempo, he publicado cinco libros y completado una autobiografía (bastante más larga que las pocas páginas de Hume) para que se publique esta primavera; tengo varios libros más casi terminados.

Hume continuó: "Soy... un hombre de carácter suave, de genio contenido, con un humor abierto, social y alegre, capaz de apegarse pero poco susceptible a la enemistad, y con gran moderación en mis pasiones".

Aquí me separo de Hume. Aunque he disfrutado de relaciones de amor y amistad y no tengo enemigos reales, no puedo decir (ni lo haría nadie que me conozca) que sea un hombre de carácter suave. Por el contrario, soy un hombre de carácter vehemente, con entusiasmos violentos y extremada inmoderación en mis pasiones.

Y aun así, una frase del ensayo de Hume resuena en mí como especialmente verdadera: "Es difícil", escribió, "estar más desapegado de la vida de lo que lo estoy en el presente".

A lo largo de los últimos días, he sido capaz de ver mi vida como desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con un profundo sentido de conexión con todos sus elementos. Esto no significa que dé mi vida por concluida.

Por el contrario, me siento intensamente vivo, y quiero y espero en el tiempo que me queda profundizar mis amistades, despedirme de quienes amo, escribir más, viajar si tengo fuerzas, alcanzar nuevos niveles de comprensión e introspección.

Esto implicará audacia, claridad y hablar sin tapujos; intentar dejar claras mis cuentas con el mundo. Pero habrá tiempo, también, para la diversión (y hasta para hacer alguna tontuna).

Siento una claridad de enfoque y una perspectiva repentinas. No hay tiempo para nada no esencial. Tengo que centrarme en mí mismo, mi trabajo y mis amigos. Ya no veré las noticias cada noche. Ya no prestaré atención a la política ni a las discusiones sobre el calentamiento global.

Esto no es indiferencia, sino desapego. Me siguen preocupando profundamente Oriente Medio, el calentamiento global y la creciente desigualdad, pero ya no son asunto mío: pertenecen al futuro. Me regocija conocer jóvenes con talento, incluso al que hizo la biopsia y el diagnóstico de mis metástasis. Siento que el futuro está en buenas manos.

He sido cada vez más consciente, durante los últimos diez años o así, de las muertes de mis contemporáneos. Mi generación está en el pasillo de salida, y he sentido cada muerte como una interrupción, como si me arrancaran un trozo. No habrá nadie como nosotros cuando nos hayamos ido, pero lo cierto es que no hay nadie como ningún otro, jamás. Cuando la gente muere no se le puede sustituir. Dejan agujeros que no se pueden llenar, ya que el destino, genético y neurológico, de cada ser humano es ser un individuo único, encontrar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero mi sentimiento predominante es de gratitud. He amado y me han amado; me han dado mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado y pensado y escrito. He tenido un intercambio con el mundo, el intercambio especial entre escritores y lectores.

Por encima de todo, he sido un ser vivo, un animal pensante, sobre este bello planeta, y ello por sí mismo ha sido un privilegio y una aventura enorme.

(vía nytimes.com Traducción de @AngelArnal)

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