domingo, 5 de abril de 2015

Por qué soy ateo (y por qué jodo con eso)

El pasado viernes (santo), una amiga comentó una de las imágenes que había subido a mi cuenta de Facebook “Últimamemente estás muy dedicado a criticar las cosas de Dios. Tanto que, viniendo de ti, ya es casi aburrido”.

Yo entiendo que la aburra, pero no es cierto que estuviera “Muy ocupado con las cosas de Dios”. La imagen que ella comentaba era una camiseta con el rostro de Jesús representado en una manera más bien clásica. No sólo no había nada de ofensivo en la imagen, sino que Axl Rose la había usado con frecuencia durante su gira del Use Your Illusion.

Es decir, era doblemente sagrada.
Y tampoco es que yo estuviera ocupado “con las cosas de Dios”. En mis últimos posts (¿estados?, ¿actualizaciones?), hablaba de un nacionalista británico que no era capaz de quemar una bandera de Europa, del ascenso del Frente Nacional en Francia, de una fresa que evocaba (demasiado) el sexo de una mujer, el manifiesto de las Femen, de una película sobre la esclavitud de los gitanos. Algo decía sobre la legalización de la droga en cada vez más estados de los Estados Unidos, había subido unas fotos del trabajo de un parce que hace kibuki, una noticia sobre la entrada de Palestina a la Corte Penal Internacional, otra sobre el problema del agua en la Guajira y una caricatura sobre el gato de Schrödinger.,

Es decir, que para insinuar que yo me la pasaba hablando e Dios habría que aceptar que Dios estaba en todas partes. Yo puedo llegar a admitir que esté en el sexo de las mujeres, en particular si parece una fresa o en las fresas,en particular si se parecen al sexo de una mujer, pero no creo que Dios esté en Palestina o parado viendo a los indígenas colombianos morir de hambre. Si estuviera allí y siendo tan todopoderoso como dicen, no hiciera nada sería un cabronazo.
A no ser que esté Y no esté, un poco como el gato de Schrödinger.
En mi muro de Facebook, había, en resumen, posteado sobre las cosas que me interesan, no sólo como individuo, sino como miembro de una sociedad. Si alguien quiere llenar su muro con fotos de su bebé y sus viajes o frase de la biblia, tiene el derecho de hacerlo, pero a mí me parece que reducir las redes sociales a una exposición de los momentos de felicidad o a un solo tema es un desperdicio de todas las posibilidades que ofrecen.

La sugerencia que me hacen es dejar que cada quien crea lo que quiera, allá ellos con su Dios barbudo y su hijo mechudo y la paloma, pero siguiendo la misma lógica habría que dejar tranquilas las creencias de los que apoyan la ocupación israelí, la producción y consumo industrial de carne, la prohibición del matrimonio igualitario o el aborto, la superioridad de una raza o nacionalidad y el auto particular como derecho inalienable en función del cual hay que diseñar las políticas urbanas y ambientales. Ideologías peligrosas, todas.

Yo no tengo ningún problema con las personas creyentes. Conozco muchas que son excelentes ciudadanos, más altruistas y más correctos de lo que yo lo seré jamás. Puede que algunos de ellos lo hagan movidos por la idea egoistísima de una recompensa o autoritaria del deber, pero estoy convencido que la mayoría son excelentes personas que no dejarían de serlo si desterraran de sus vidas la idea de una divinidad, si cambiaran una moral religiosa de reglas por una ética humanista de principios.

Por la misma razón por la que dejé de pelear con la gente que no tiene los mismos gustos musicales que yo o que no es hincha del Atlético Bucaramanga, no tendría problema con la religión si su práctica se limitara a un entorno privado, casa, iglesia o monasterio. Sólo que pasa lo contrario, las religión, las religiones, son fuerzas políticas activas, cuyas posiciones y estrategias influyen más allá de los que en ellas creen. Yo preferiría no pelear con la religión, pero Dios y su parche empezaron y siguen buscándome. A nivel metafórico cuando él (Él) no levanta su mano poderosa para partir con un rayo a la senadora Valencia; a nivel político cuando los gobernantes de un país laíco como Colombia entran en histeria colectiva por la visita de un papa (Papa) que en dos años de pontificado no ha hecho otra cosa que condenar en abstracto las injusticias del mundo sin una sola acción concreta o cuando la religión se invoca para negar a las parejas homosexuales el derecho de tener hijos o para obligar a las mujeres que rechazan la opción de la maternidad a tenerlos.

Toda religión es por definición discriminatoria porque cree tener una verdad única y mira con odio o al menos con condescendencia a los que no la aceptan. Toda religión limita las posibilidades de desarrollo personal al encausarlas en una única vía. Toda religión es misógina y homofóbica.

Si alguna vez tengo hijos, ellos nacerán ateos. No fue mi caso. Nací católico, soy bautizado (guacala), asistí un par de años al Templo Cristiano del Avivamiento y ya como último intento leí los libros de Cony Méndez. Nunca tuve ese momento de matar a Dios, más bien se me fue muriendo, primero por culpa suya (por inacción, porque el mundo se sigue jodiendo y él ahí, nada, rascándose la barba) y también por culpa de los libros de Vargas Vila que había en mi casa, y luego los de Nietzsche y más tarde los de Saramago. La fe ciega resiste mal a las lecturas variadas y por eso las religiones insisten en los libros autorizados.

No niego que el metal tuvo su responsabilidad, desde el “Ni Dios ni Satán existen” de La Pesti hasta el arte blasfémico de Cradle of Filth. Haber estudiado una ciencia exacta en una universidad pública no ayudó a la cosa, uno entiende que no porque un fenómeno aún no haya sido explicado que la explicación no exista y tengamos que inventarla sin ninguna base ni ninguna prueba. El pensamiento científico busca combatir la ignorancia con el esfuerzo de la investigación; el pensamiento religioso recurre a la pereza de la aceptación de explicaciones instantáneas.

Soy blasfemo, a ratos y casi siempre en tono de chiste, porque eso me permite definir el espacio social en el que existo como ateo. Soy ateo no porque crea que Dios no existe, sino porque sé que no existe y en eso él tiene la culpa.

(Via blogs.elespectador.com)