viernes, 10 de febrero de 2012

La Iglesia católica brasileña no sabe qué hacer con los curas pederastas

"En general, se limitan a trasladar a los abusadores"
"Que yo sepa, no se están planificando medidas a corto, medio o largo plazo"

Edenio Valle

Edenio Valle

Las autoridades católicas "no tienen ni idea" de lo que deben hacer ante los abusos sexuales de los sacerdotes contra los niños en Brasil, donde la pedofilia es "más tolerada culturalmente" que en los países occidentales, dijo un experto brasileño este miércoles.

"No hay ni idea de lo que se puede o se debe hacer", dijo el padre Edenio Valle, un psicólogo que asesora a la Conferencia Nacional de los Obispos Brasileños (CNBB) y aconseja a los clérigos, ante una conferencia que se lleva a cabo en el Vaticano sobre este problema.

"Que yo sepa, no se están planificando medidas y procedimientos eficaces de la Iglesia a corto, mediano y largo plazo", afirmó.

"Los problemas básicos no se discuten seriamente", agregó.

"No existen lugares de refugio, recuperación y cuidado de las víctimas. En general, se limitan a trasladarlos", explicó.

Valle dijo que en la Iglesia católica brasileña --en parte debido a la insistencia del Vaticano-- existe una disposición a encontrar "respuestas competentes y urgentes", pero que eso es más difícil debido a que en Brasil existe una mayor tolerancia cultural hacia la pedofilia.

Según él, los obispos brasileños deberían adoptar una posición más clara contra los abusos sexuales en todas sus formas, establecer comités especiales para realizar investigaciones, supervisar la aplicación de las reglas y suministrar apoyo a las víctimas.

La Iglesia católica se ha visto sacudida por miles de escándalos de abusos sexuales en los últimos años, sobre todo en Europa y Estados Unidos. Los responsables del Vaticano advirtieron que muchos casos que tuvieron lugar en África, Asia y América Latina todavía no han sido revelados.(RD/Agencias)

 

Texto íntegro de la conferencia del padre Edenio Valle

Religión, sociedad y cultura en diálogo

Fr. Edenio Valle, SVD / Brasil

Introducción

1. La inclusión del tema “Religión, sociedad y cultura en diálogo” en el programa de la presente Conferencia demuestra que sus organizadores han percibido desde un principio la necesidad de situar la crisis interna que sufre la Iglesia en el contexto más amplio de lo que actualmente está sucediendo en la sociedad y en la cultura contemporáneas. Una referencia explícita a la realidad histórica y social, aunque sea rápida, resulta fundamental para plantear adecuadamente el tema más específico del abuso sexual por parte de sacerdotes de nuestra Iglesia. Nos permite orientar la curación y la renovación que el Santo Padre nos pide con merecida insistencia de forma que se puedan discernir con mayor objetividad y lucidez los elementos negativos y positivos que condicionan la manera de vivir la sexualidad en el mundo de hoy. Considerando lo anterior, me propongo dos objetivos principales en mi exposición. Uno es contextualizar social y culturalmente el objeto más inmediato de la Conferencia. El otro es concienciar sobre el hecho de que se trata de una cuestión que va más allá de las fronteras de la/s Iglesia/s y de la/s religión/es, pero que la/s desafía de una forma peculiarmente nueva. Los dos objetivos están interrelacionados. Juntos nos permiten ver que únicamente con una respuesta convincente a su problema interno tendrá la Iglesia suficiente credibilidad para ejercer las responsabilidades que tiene en la creación de un clima en el que se puedan curar las distorsiones de la sexualidad, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Una condición para que resulten viables medidas ético-filosóficas políticas, jurídicas, médicas, socio-pedagógicas y religiosas con vistas a poner limites a las violencias y distorsiones que las modernas sociedades de consumo y de masas imponen a las personas y a los grupos humanos, incluidos los religiosos, es el establecimiento de un diálogo respetuoso y honesto entre esas dos instancias.

2. Voy a empezar por trazar un breve cuadro de la situación en Brasil, un país multicultural y en rápida transformación en todos los campos, entre ellos los referentes a las religiones y a las concepciones y comportamientos sexuales. Lo que se observa en lo tocante al problema del abuso sexual1 de niños por parte de ministros religiosos y otras profesiones religiosas auxiliares, se enmarca en ese contexto.

1 El término “abuso sexual” se utilizará aquí para designar el uso directo o indirecto del poder y de la ascendencia moral que el sacerdote tiene para aprovecharse sexualmente de personas (en nuestro caso niños) a las que, por el deber de su oficio, debería defender, dar protección y acompañar en su crecimiento. En general implica también un “acoso sexual” que puede servirse o no de varias formas de coacción. Con la palabra “acoso” me refiero a la forma engañosa con que el abusador acostumbra a abordar a su víctima. El acoso está casi siempre vinculado con el abuso propiamente dicho. En las sociedades y en los códigos modernos de derecho ambos comportamientos son punibles, máxime la pedofilia. Añado otros dos conceptos, ambos referentes también a comportamientos sexuales

no 2 En segundo lugar, completaré el panorama con algunas observaciones sobre las condiciones sociológicas y culturales que condicionan históricamente tales abusos en países como Brasil, en los que millones de familias viven en condiciones de desintegración, miseria y abandono, lo que hace que los niños sean incluso más fácilmente víctimas de individuos sexualmente inmaduros. Por último, intentaré hacer un resumen de algunos puntos esenciales que lleven a establecer lo que ha de hacer la Iglesia Católica para influir positivamente en la formulación de leyes, de políticas públicas y del trabajo socio-educativo en defensa de los niños y adolescentes, cumpliendo ante todo lo que es más propio de ella, curar y renovar las mentes y los corazones en línea con los valores evangélicos.

3. Mi presentación se referirá sobre todo a la dimensión de la curación psicológica, tal como la veo desde mi práctica de muchos decenios como psicoterapeuta y director espiritual de sacerdotes y religiosos – entre los cuales algunos pedófilos que carecían de tratamiento psicológico especializado.

I La problemática socio-cultural y religiosa de fondo

1. Las transformaciones estructurales que ha creado el modelo globalizado y secularizado hoy en día dominante en el mundo entero traen graves desequilibrios entre ciertas configuraciones culturales que han sido útiles en el pasado y otras que emergen de una realidad social nueva para cuyo cuestionamiento la Iglesia ha de dar respuestas que convenzan. Escándalos como los debidos al abuso sexual por parte del clero han hecho que la opinión pública y los medios de comunicación empezaran a interesarse casi de repente por la vida sexual y el comportamiento sexual de los sacerdotes, temática que causa no pocas dificultades a la Iglesia, por tratarse de una cuestión socialmente controvertida. La socióloga Lúcia Ribeiro opina que no hay ninguna necesidad de “demostrar que las formas de vivir la sexualidad – siempre socialmente condicionadas – pasan por cambios profundos” que Ribeiro (2004, p. 65-66) enumera así, apoyándose en autores como Giddens (1992), Arilha y Calazans (1998); Bozon (1998) y Fuller (1999): la sexualidad pasa a valorarse por sí misma; el conocimiento científico sobre la sexualidad humana se ha profundizado y la divulgación de las informaciones resulta accesible a todos con relativa facilidad; lo que le da una visibilidad unilateral y exagerada a una dimensión fundamental de la realización humana, pero la enfoca de manera que no favorece la maduración global de la persona; al adquirir dicha visibilidad, la sexualidad se transforma de cuestión privada en tema de debate público, correspondiéndoles a los medios de comunicación y al mercado orquestar la discusión y apuntar los criterios; compatibles con lo que la Iglesia plantea a sus ministros, al poner el celibato como condición para ser ordenados sacerdotes. El término “conducta sexual inapropiada” es más genérico. Lo reservaré más concretamente para las relaciones entre adultos, pudiendo implicar algún grado de consentimiento entre las partes. Hay otros dos términos aparentemente antitéticos: el de “seducción”, un comportamiento no infrecuente en el abordaje del pedófilo a la víctima y el de “violencia”, que puede ser rayano en la tara patológica.

3 simultáneamente, a partir de la llamada ‘revolución sexual’ de los años 60 que, pese a haber sido cuestionada, marca un punto de inflexión, con cambios significativos, se va afirmando la liberalización de las pautas de comportamiento; hay también una mayor aceptación de la diversidad sexual que determina la afirmación y una mayor visibilidad cultural de formas alternativas de preferencia sexual que dejan de ser vistas como patología o perversión; en ese mismo sentido, pese a ser objeto de polémicas, empieza a legitimarse el concepto de derechos sexuales, convirtiéndose en una bandera política de peso; en los principales países occidentales se organizan movimientos políticos en defensa de las causas LGBT [Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero]; lo que da lugar a una tendencia de mayor tolerancia y a un cierto relajamiento en el área moral, toda vez que las normas se vuelven más flexibles y se afirma una ética del deseo; todas esas transformaciones afectan de manera particularmente relevante a la mujer, sujeta anteriormente a patrones de control más rígidos. En consecuencia, oscilan también las pautas de comportamiento sexual masculino. No es de extrañar que teólogos, sociólogos y psicólogos empiecen a hablar de una “nueva masculinidad”.

2. Para introducir la dimensión del pluralismo y de la secularización me valgo de lo que los periódicos brasileños han publicado sobre la postura del Papa Benedicto XVI ante la ola de protestas públicas que se suscitó durante su reciente visita a su tierra natal. Me llamó la atención el énfasis que puso en la secularización como una de los factores que explicarían la actitud no religiosa de muchos de sus compatriotas alemanes. Pienso que, más que su explicación teórica, lo que puede servirnos como inspiración y guía para el comportamiento que se ha de adoptar en cuanto al abuso sexual de menores, tanto en la sociedad como en la Iglesia, es su manera de actuar y de hablar. En su vigoroso discurso de Friburgo, el Papa decía que la Iglesia necesitaba “una purificación interior, junto con un despojamiento de su riqueza terrena y de su poder político”. Debía respetar la tendencia secularizadora que ha permeado la historia de los últimos siglos, pero que en tiempos más recientes ha adquirido nuevas modalidades de expresión. Dejando de lado preocupaciones simplemente apologéticas, el Papa ha reconocido que esos procesos culturales tan complejos han acabado por hacerle un bien a la Iglesia “ya que las diferentes épocas han contribuido de manera esencial a su purificación y a su reforma interior” (colaborando para que pudiera) “vivir de manera más libre su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo”. Yendo aún más lejos, en cuanto a las manifestaciones de protesta en contra de su visita a Alemania - en Postdam Platz y en el Bundestag2 -, consciente de que esas manifestaciones estaban predominantemente lideradas por grupos hostiles a las concepciones de la Iglesia en lo tocante a la sexualidad y al hecho de que el Papa sea

2 En Postdam Platz la manifestación contaba con la participación y el liderazgo de grupos agresivamente hostiles a los principios que la Iglesia defiende en cuanto a la sexualidad humana y a los derechos de minorías sexuales. En el Bundestag el comportamiento revelaba la disconformidad política de los diputados que abandonaron el recinto en lo tocante a privilegios que el estado alemán sigue concediendo a la Santa Sede y al Papa.

4 jefe de un Estado religioso – Benedicto XVI ha visto esos comportamientos como expresión del carácter secularizado de la moderna sociedad alemana, tan diferente de las que él conoció, cuando era adolescente y, más tarde, como Profesor de Teología y como Obispo, el Papa afirmó que para él era “una cosa normal que en una sociedad secularizada hubiese quien se opusiera a una visita papal”. Su posicionamiento sereno y abierto ante las presiones de corrientes antirreligiosas muy activas en la sociedad alemana debe haber valido más que largos discursos de explicación y defensa. 3. El Padre Alberto Antoniazzi (cf. Valle: 2003, p. 127), uno de los más agudos observadores de la evolución vivida por el clero brasileño, sintió la necesidad de asociar el cambio comportamental de los sacerdotes a los cambios que veía producirse en la vivencia de la fe, ya sea en el pueblo católico, ya sea también en sus presbíteros. En países como Brasil, en el que el catolicismo de la cristiandad, que duró tres siglos, fue sustituido en un corto lapso por otro al que los historiadores de la Iglesia dan el nombre de catolicismo romanizado, la Iglesia conquistó amplios espacios en la sociedad brasileña. Hoy, pese a todo, es casi un tópico decir que el modelo colonial que predominó en el escenario religioso brasileño, sociológica y culturalmente hablando tenía unas raíces frágiles, porque no reconocía la pluralidad cultural existente en nuestro país. El nuevo modelo romanizado siguió ignorando esa realidad conflictiva, pero su implantación tuvo éxito, logrando modernizar y disciplinar el estilo de vida, la formación y el trabajo de la Iglesia. Al finalizar el pontificado de Pío XII la visibilidad, la organización y la influencia social y cultural de la Iglesia Católica había llegado a su apogeo. El Concilio Vaticano II, en discusiones más europeas que nuestras, también puso en crisis este modelo. En Europa los tiempos postconciliares también trajeron consigo transformaciones que afectaron profundamente a la vida y a la misión de Iglesias conocidas por la solidez de sus respectivos cleros, (cf. Bressan, 2002; Zulehner & Hennersperger, 2001) pero sin coincidir totalmente con lo que se produjo en Brasil. No obstante, las observaciones de Danielle Hervieu-Léger (1999) sobre los cambios sufridos por la fe católica en países como la Francia o la España cristianas, donde el pueblo católico ha pasado de un régimen de “validación institucional” de la fe a otro en el que la legitimación se da en comunidades, también son válidas para Brasil. El católico común ha pasado a valorar más lo que sus comunidades de referencia le plantean como cierto, poniendo en un segundo plano lo que enseña la autoridad instituida y/o propone la tradición. Pero, al mismo tiempo, especialmente en las clases en ascenso social, se ha producido un considerable avance del “individualismo”. Las personas han pasado a decidir por sí solas. Su adhesión y pertenencia a grupos no ha desaparecido del todo, pero se ha debilitado. Sin embargo, esa tendencia a subjetivar la experiencia, mayormente la religiosa y la afectivo-sexual, para la mayoría de las personas no es absoluta. Sigue habiendo en las personas y entre las personas lazos de solidariedad. Se mantiene, como dice Hervieu-Léger, una cierta “mutualidad”. En Brasil, cuyo proceso de urbanización ha sido rapidísimo, algunos observadores hablan de una masificación (incluso de tipo fundamentalista) de la experiencia de fe y de la sexualidad. Masas urbanas cuya religiosidad conserva elementos de sus antiguas tradiciones y creencias, buscan en el pentecostalismo de corte norteamericano híbridamente combinado con elementos católico-populares una respuesta a sus aflicciones.

4. Los grupos católicos que se suman a dichos modelos también reúnen verdaderas multitudes. Sus sacerdotes, casi todos mediáticos, gozan de gran popularidad 5 y atraen vocaciones laicas, religiosas y sacerdotales, cuyo origen es realmente cada vez más “popular”. Llaman a la puerta del seminario jóvenes que no han sido socializados en colegios, parroquias y organizaciones católicas. Las vocaciones procedentes de las antiguas clases medias van disminuyendo rápidamente y, paralelamente, hay un incremento de las llamadas “vocaciones populares”. Estas últimas radican en los nuevos movimientos, pero mantienen también mucho de sus más antiguas raíces, costumbres y tradiciones. Hoy en día en las casas de formación y en los seminarios católicos hay un número significativo de seminaristas. Muchos de los sacerdotes más jóvenes tienen la misma procedencia. Una encuesta realizada por el CERIS de Río de Janeiro muestra el perfil cultural-religioso del clero brasileño en 2003 (CNBB-CERIS, 2004), un perfil probablemente muy distinto del que tenía el clero de 30 o 40 años atrás3. 5. En un nivel más general, veo que teólogos de la importancia del Padre Mário França Miranda, ex-miembro de la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede, en su libro “Iglesia y Sociedad”, dedicado al diálogo que la Iglesia, desde su fe, debe saber establecer con la sociedad viva, postula como algo necesario una mayor apertura al diálogo por parte de la Iglesia en cuanto a las transformaciones, salvaguardado siempre lo que resulta esencial para su misión evangelizadora: Si la Iglesia no dialoga con la sociedad para ponerse al día en su misión y en sus estructuras, como intuyó Juan XXIII, deja de ser significativa para sus paisanos. En pocas palabras, falla en su misión salvadora, que es, después de todo, su razón de ser. Pero la misma reflexión vale para el interior de la propia Iglesia, ya que para vivir las verdades de la fe se necesitan las estructuras institucionales correspondientes. Sin ellas, aun siendo correctas y verdaderas, dichas verdades no logran plasmar y estructurar la vida de los cristianos. Hoy en día vivimos un período crítico de la Iglesia (...), experimenta el desequilibrio entre una configuración predominante del pasado y la realidad desafiante del presente” (Miranda, 2009, p.6). Partiendo de estas consideraciones, se pueden hacer dos preguntas: a) ¿tiene lo anterior aplicación al grupo de sacerdotes que abusa sexualmente de su poder sacerdotal?; b) ¿eso mismo vale también para otros presbíteros que adoptan comportamientos afectivo-sexuales no compatibles con lo que manda la Iglesia en el campo de la castidad celibataria a causa del Reino? Yo diría que mi respuesta a las dos preguntas es positiva, es decir, son hipótesis bastante plausibles que necesitan más y mejores encuestas (véase la parte II del texto) para poder dar una respuesta afirmativa con seguridad4. 6. Para establecer un puente entre lo que se ha dicho en los cinco apartados anteriores y el tema del abuso sexual, me valgo de un segundo texto, obra de otro

3 Lamentablemente no disponemos de datos para hacer una comparación segura entre los sacerdotes de hoy y, por ejemplo, los que se ordenaron inmediatamente después del Concilio Vaticano II (que estudié en mi tesis de doctorado, de principios de los años 70).

4 No hay aquí posibilidad de abordar con rigor la compleja problemática socio-cultural y teológicopastoral que implica lo enunciado por el Padre França Miranda. Al citarle, mi intención es hacer hincapié en que esta cuestión tan importante tiene que ver con el tema de que trata esta Conferencia.

6 importante teólogo brasileño, Frei Antônio Moser. Este moralista franciscano menciona tres ejes sociológicos útiles para llegar a comprender el clima cultural que propicia la hiriente aparición y posible aumento de la pedofilia entre sacerdotes católicos: “el contexto de un mundo dominado por el sexo es lo que sin duda incide hoy en día más directamente en los comportamientos de todos. De una forma u otra, todos acabamos contaminados por el aire impuro que respiramos. Pese a todo, quedarnos tan sólo en ese nivel sería conformarnos con las evidencias, dejando a un lado otros aspectos no menos importantes. No hay duda de que la pedofilia es una aberración, pero tampoco hay duda de que hay muchos otros factores que constituyen un clima propicio para que florezcan las aberraciones en el campo sexual. Hay por lo menos tres ejes5 que alimentan ese mismo clima y, a propósito, son tres ejes fuertemente implantados exactamente en las culturas en las que se localizan los episodios más hirientes de pedofilia y de otras parafilias: el primero es el de la banalización de todo lo que es más sagrado; el segundo es el de la insensibilidad con respecto a la miseria que reina en el mundo; el tercero es el de la violencia en todas sus formas, que impera en nuestros días (Moser, 2001, p.7) El profundo apartado de Antônio Moser llama la atención sobre aspectos que quizás en países del hemisferio norte no se recordarían con tanto énfasis. Los citaré, usando un lenguaje un poco distinto, para dejar más claro lo que quieren subrayar: la erotización y banalización que somete y corrompe la delicada dimensión de la sexualidad humana, con serias consecuencias éticas y religiosas para la población; la insensibilidad en cuanto a la marginalización (económica, social, cultural y religiosa) de esa parte de la población brasileña que probablemente es la mayor víctima de abusos, entre ellos el sexual; la violencia que en muchos aspectos caracteriza la vida cotidiana de esos mismos segmentos en virtud del proceso histórico vicioso de nuestra nacionalidad (en Brasil hubo esclavitud hasta 1888), ahora sometida a las presiones de un modelo cultural que ignora y destruye los muchos valores auténticos que siempre han existido en nuestra cultura y religiosidad. 7. Los sociólogos y filósofos de la cultura están inventando expresiones nuevas6 para traducir lo que al parecer está ocurriendo. Z. Bauman, apartándose de una tendencia francesa bastante valorada en Brasil, exploró con un agudo sentido de la realidad la metáfora de la “modernidad líquida” para hablar de las rupturas responsables por el “malestar” típico de nuestra época. En varios de sus escritos demostró que las sociedades de la modernidad tardía y de consumo se están “derritiendo”, con repercusiones directas en la “identidad” y “vida” de los individuos (Bauman, 2007, p. 25). Al sentir tan sólo como “consumidor-participativo” (1998, p. 5 Moser analiza y sitúa cada uno de esos tres ejes en el contexto brasileño. Sus sabias consideraciones, que en uno de sus libros explican esa esfinge que sigue representando la sexualidad para el hombre y la mujer de hoy en día, no se pueden resumir en pocas palabras Cf. Moser (2002 a.). 6 He aquí algunos ejemplos: Castells (1999) habla de “sociedad en red”; Beck (1992) de “sociedad de riesgo”; Lipovetsky, de “hipermodernidad”; Giddens (1997) de “sociedad reflexiva”; Lyotard (1979) “sociedad sin grandes narrativas”, etc. 7 160 y 172) con algún acceso al mercado de ofertas, hay como un retorno a la interioridad y a la intimidad del sujeto. La propia crisis que sufre la modernidad llevaría paradójicamente casi a la necesidad de que los sujetos sean críticamente reflexivos, pese a que vivan en una cultura masificadora y alienada. En cierto sentido las personas que viven en sociedades postmodernas no tendrían más salida que rehacer personalmente sus opciones biográficas, toda vez que son esas opciones las que las ayudarán a definir qué es lo que son. 8. Pero también está la otra cara de la moneda, un problema típico de nuestra época que parece repetirse también en un número no indiferente de sacerdotes en Brasil y en el mundo, llevándoles a cuestionarse la forma de vida presbiteral y a abandonar el sacerdocio. Reginaldo Prandi, estudioso del cambio religioso de una a otra de las religiones populares de Brasil, describe este fenómeno en unos términos que, mutatis mutandis, también podrían aplicarse a aquellos sacerdotes que, al intentar reorientar su vida, creen poder permitirse conductas individualistas que caen con cierta facilidad en el campo de los abusos más o menos leves, también en lo tocante a la sexualidad. Escribe Prandi: Hubo un tiempo en el que cambiar de religión equivalía a una ruptura social y cultural, además de ruptura con la propia biografía (...) era un drama personal y familiar que representaba un cambio de vida drástico. (Hoy) ese cambio no parece conmover a nadie, como si cambiar de religión fuera ya un derecho incuestionable de quien se ha transformado en una especie de consumidor religioso (...) la religión de hoy es la religión (...) de la pequeña lealtad, del compromiso descartable. (Prandi 2001, p. 52). El X Encuentro Nacional de Presbíteros (CNP-CNBB, 2004, p. 37) describía en el clero de principios del siglo XXI un tipo de destradicionalización y quiebra de patrones socio-comportamentales del pasado que también constato en la experiencia subjetiva de un buen número de presbíteros que viene a mí en busca de ayuda psicológica. Experimentan esa misma “pequeña lealtad” que el sociólogo Prandi denuncia en los fieles en general. No opino que esa tendencia sea sólo negativa. La destradicionalización también implica la posibilidad, y hasta casi la necesidad, que lleva a muchos sujetos y grupos afectados por la postmodernidad a sentir la necesidad de asumir reflexivamente su condición de sujetos ‘libres’ y ‘responsables’ de sus actos, actitudes y elecciones. Esos individuos y grupos no se dejan cargar de tradiciones y hábitos instituidos, sienten la necesidad de basar su fidelidad en opciones adoptadas de acuerdo con su conciencia. Son personas ‘deseosas’, no porque las hayan programado los medios de comunicación, leyes o verdades preestablecidas, sino porque, teniendo una mayor conciencia de sí mismos, y de sus deseos y objetivos, son capaces de discernir con mayor libertad y responsabilidad lo que han o no han de hacer. Esto es, pueden convertirse en sujetos ‘instituyentes y no simplemente ‘instituidos’ (CNPCNBB, 2004, p. 37.).

II. La situación del problema del abuso sexual en Brasil

El cuadro sociológico general expuesto en la Parte 1 de mi intervención sirve para que se capte y comprenda con mayor propiedad la situación vivida por el clero de Brasil. En nuestro país, lamentablemente, no disponemos de datos y análisis tan fidedignos como, por ejemplo, los de John Jay Report (2004; 2006), de los Estados 8 Unidos. Así mismo, nos faltan estudios descriptivos y analíticos como los publicados por Steve Rosseti (1994; 1996) en EE.UU o M. Aletti y P. Gálea (2011) en Italia. Nuestras informaciones sobre el cuadro general y la extensión del problema en Brasil son un tanto precarias. En el campo clínico ya disponemos de más elementos y experiencia, pese a que escaseen las publicaciones de buen nivel. Lo que más falta nos hace son datos resultantes de encuestas bien hechas y que puedan ofrecernos una base fidedigna sobre el estado real de la cuestión. No obstante, las pocas encuestas de que disponemos nos permiten decir con bastante seguridad que la mala conducta y el abuso sexual por parte de clérigos y religiosos brasileños son probablemente parecidos a los que ya han sido mejor detectados, descritos y analizados en otros países con más recursos. Hay, sin embargo, determinados rasgos culturales y sociales que le imprimen a nuestra situación un sesgo original que hay que tomar en cuenta. Las diferencias empiezan por la repercusión de los escándalos en la opinión pública y por su reacción. Las redes de TV, las revistas y los periódicos de Brasil también divulgan ampliamente los casos que se producen en otras partes del mundo. Esos escándalos nos llegan con detalle a través de las redes internacionales de información que controlan los noticiarios mundiales y nacionales. No obstante, la opinión pública brasileña, incluida la católica, ha reaccionado moderadamente con relación a los episodios que se han hecho públicos. Formulo la hipótesis de que esa relativa moderación en lo tocante a los escándalos de los sacerdotes católicos se deba al hecho de que la pedofilia y la efebofilia son un comportamiento culturalmente más tolerado en Brasil que en los países de Europa y de América del Norte. A la vista está la considerable presencia de prostitución infantil, sobre todo femenina, y el peso del turismo sexual en algunas capitales y ciudades de veraneo que atraen europeos justamente por la facilidad que hallan aquí para la explotación sexual de menores, prepúberes y adolescentes. 1. Acciones del Estado, de la sociedad y de la Iglesia Las autoridades de Brasil y de la Iglesia brasileña no han permanecido indiferentes ante una situación que exigía actitudes y políticas definidas. Ha habido reacciones y el Estado y las Iglesias, ecuménicamente, con una presencia destacada de la Iglesia Católica, han tomado muchas iniciativas.

1.1. Por lo que respecta a la acción del Estado y del Congreso Nacional, por ejemplo, se tomaron algunas medidas importantes en cuanto a la protección del niño y a la represión del abuso sexual, tanto de los menores como, en otro aspecto, de las mujeres. Las iniciativas que han tenido más peso y han traído perspectivas nuevas para las prácticas sociales han sido tres. Son el Estatuto del Niño y del Adolescente, de 2001 la Ley Maria da Penha sobre protección de la mujer y la creación en el Congreso nacional de una Comisión de Investigación sobre la pedofilia. Sus efectos benéficos ya se pueden observar en el día-a-día y en las acciones de represión y reeducación. De ahí se han derivado normas jurídicas más precisas y enérgicas con respecto al delito de pedofilia y se han creado instancias especializadas (Secretarías de Estado, Delegaciones de Policía y hasta Ministerios a nivel nacional) a quienes corresponde hacer cumplir 9 esas leyes7. La participación de la Iglesia Católica ha tenido mucho peso en el respaldo a esas y otras iniciativas8. En el ámbito de su acción pastoral directa la Iglesia, en especial tras la redemocratización del país (1985), ha ejercido un papel de liderazgo activo. Baste mencionar algunas de sus pastorales sociales: la Pastoral del Menor, la Pastoral de la Mujer Marginalizada, los Grupos de Madres y las muchas ONGs de inspiración católica y ecuménica que actúan formalmente en defensa de los derechos humanos, actuando en miles de organizaciones locales, llamadas Consejos Tutelares, elegidas por el pueblo y legalmente reconocidas por el Gobierno como responsables de la primera defensa de las niños y de los adolescentes víctimas de cualquier forma de violencia y abuso.

1.2. El trabajo de hormigas de esas Pastorales y Organizaciones le da a la mujer y a los niños, a veces de manera indirecta, una mayor consciencia de sus derechos de ciudadanía, colaborando desde el punto de vista psicológico y cultural a aumentar la autoestima de millones de familias que viven en la miseria. En ese sentido hay que mencionar la acción perseverante de Don Luciano Mendes de Almeida en cuanto a la elaboración y puesta en práctica del Estatuto del Niño y del Adolescente y la obra de la Dra. Zilda Arns, higienista, cuyo trabajo pastoral y médico-pedagógico beneficia actualmente a cerca de dos millones de niños y familias pobres sólo en Brasil. El trabajo de campo de la “Pastoral del Niño” lo realizan hoy cerca de 150.00 voluntarias especialmente entrenadas para ello. En sus primeros años la acción de esa Pastoral se concentraba más en la lucha contra las enfermedades que diezman a la población infantil de familias pobres. Al poco tiempo el contacto con las madres y las familias pasó a tener objetivos socio-educativos, así como el de obtener un desarrollo afectivosexual saludable para los niños y toda la familia. Así las cosas, ha de decirse en resumidas cuentas que la Iglesia Católica ejerce un papel importante en la lucha contra la violencia de la que son víctimas el niño y el adolescente y contra su explotación sexual. Pero la llaga de ese mal es mucho más profunda. Tiene características estructurales cuyas raíces vienen del pasado y hallan un fuerte punto de apoyo y se ve incentivado por el modelo económico y la matriz cultural que hoy en día predominan.

1.3. En cuanto a nuestro problema más inmediato, el del abuso sexual por parte de sacerdotes, sin embargo, la Iglesia de Brasil está dando los primeros pasos. No hay lugares donde acoger, recuperar y curar a las víctimas, a las que, por regla general, tan sólo se las retira de la escena. Para los sacerdotes infractores la asistencia psicológica y religiosa, si se propicia, deja mucho que desear. Las medidas adoptadas suelen ser improvisadas y paliativas. No hay centros especializados para acoger y atender ni a los sacerdotes, ni a sus víctimas. Se le presta poca atención a las consecuencias que tienen los comportamientos de los abusadores para la comunidad en la que se cometen los abusos. Últimamente, en parte gracias a la insistencia de la Santa Sede, se le presta más

7 A semejanza de lo que ha sucedido en otros países, por lo que todo deja entender, en Brasil las consecuencias de los comportamientos abusivos de los sacerdotes (incluidos los relacionados con la mujer) también serán mucho más duras para los infractores y afectarán también a las diócesis y congregaciones religiosas a las que pertenecen.

8 Nótese, no obstante, que ha habido por parte de grupos, también religiosos, tentativas de investigar algunos hechos (¡casi siempre reales!) que han sucedido con clérigos católicos - como en el famoso caso de Arapiraca - en función de una campaña contra la idoneidad del clero católico.

10 atención a la pedofilia, pese a que las medidas parecen limitarse más bien a la aplicación de sanciones canónicas, como el apartamiento o la suspensión de las órdenes. Las Diócesis que han tenido casos de presbíteros condenados a prisión o que están sub judice también perciben mejor la gravedad de las implicaciones morales, sociales, jurídicas (¡y financieras!) del problema. Todo hace pensar que en Brasil las condenas también traerán consigo pesadas consecuencias financieras para las diócesis y para las congregaciones religiosas. Personalmente opino que hay una cierta perplejidad por parte de los Obispos sobre lo que se ha de hacer concretamente. No se tiene idea de lo que se podría y debería hacer. Otros críticos más severos piensan que hay una falta de voluntad política por parte del clero en general. Que yo sepa, no se están programando medidas y procedimientos efectivos a corto, medio y largo plazo por parte de la Iglesia. No se están debatiendo seriamente problemas de fondo. Hay, eso sí, iniciativas puntuales de personas o grupos, pero no una respuesta coherentemente pensada y puesta en práctica en términos de Iglesia.

2. Las observaciones del apartado anterior no significan que la Iglesia no tenga como meta acometer respuestas competentes y urgentes. Un punto fundamental es el de saber lo que está sucediendo de hecho. En esa dirección, presento, inicialmente, algunos estudios patrocinados por la CNBB para, a continuación, citar otros que han partido de profesionales católicos que se han sentido cuestionados por la problemática del abuso sexual.

2.1. La primera encuesta descriptiva de que disponemos (cf Valle, 2003) procede del Consejo Nacional de Presbíteros (CNP), organismo vinculado a la CNBB y cuya tarea es acompañar a la Pastoral de los Presbíteros a nivel nacional. Se trata de una encuesta cuyo objetivo central era valorar el grado de realización personal de los presbíteros brasileños. La muestra incluye 360 presbíteros de 209 diócesis diferentes. Mediante un cuestionario se preguntaba sobre 15 aspectos relativos a la satisfacción e integración personal correspondientes. Los autores de la encuesta han llegado a sorprenderse de la forma positiva con que contestaron la casi totalidad de los participantes (en torno al 90 / 95 %) a la mayoría de las 16 preguntas realizadas. Usando criterios estadísticos bastante simples, los analistas de los resultados (un psicólogo, un sociólogo y un pastoralista) constataron, sin embargo, que en cuatro puntos9 había áreas de palpable inconsistencia que carecían de un acompañamiento más cuidadoso, so pena de serias consecuencias para la vida sacerdotal. Voy a explicar mejor en quien aparecen más esas inconsistencias. Para efectos comparativos, se dividió a los encuestados en 5 grupos o franjas de edad. Los dos grupos de presbíteros más jóvenes fueron los que demostraron ser más frágiles en cuanto a su experiencia afectivo-sexual. Eran los sacerdotes que aquel año llevaban en el ejercicio de su ministerio entre 1 y 5 años y 6 y 10 años, respectivamente. Un tanto por ciento estadísticamente significativo de esos dos grupos de edad se declaró “poco” o “nada” seguro en cuanto a su integración afectiva y sexual

10. Esos mismos segmentos 9 Los cuatro puntos frágiles son los siguientes: la integración afectivo-sexual; la espiritualidad; la inseguridad de cara al futuro y una relación insatisfactoria con sus respectivos Obispos. 10 Del grupo que llevaba ordenado entre 6 y 10 años (sobre un total de 102 encuestados) el 14,6% decían sentirse inseguro en la dimensión afectiva, mientras que el 12,6% (de un total de 95 sacerdotes) que llevaban ordenados entre 6 y 10 años se sentía igualmente inseguro en ese mismo aspecto. 11 fueron los que también se confesaron insuficientemente seguros en su vida espiritual11. Afectividad y espiritualidad son sin duda dos aspectos que, tomados en su conjunto, pueden generar un estado anímico propicio a la búsqueda de compensaciones fuera de lo que la Iglesia plantea como modelo ideal para vivir el celibato sacerdotal. La debilidad en esas áreas significa que la maduración psicoafectiva y espiritual, especialmente de los presbíteros más jóvenes, exige ulteriores cuidados. Es válido suponer que influye en las “conductas sexuales inapropiadas” claramente detectadas en el clero brasileño por Nasini (2001, p. 93-94). Aun así, no se justifica que sea válido suponer una conexión inmediata entre esas fragilidades psicológicas y el “abuso” o el “acoso” en sentido estricto, y aún menos se las puede responsabilizar del comportamiento pedófilo o efebófílo en sus distintas variantes (L. Sperry, 2003, p. 117- 127) y niveles de gravedad (L. Sperry, 2003, p. 146-167). 2.2. El segundo estudio lo llevó a cabo un equipo de investigadores del competente Centro de Estadística Religiosa e Investigaciones Sociales (CERIS) de Río de Janeiro. La muestra de dicha encuesta se recogió con mayor cuidado técnico. De los 1831 sacerdotes seleccionados al azar (del total de 16634 presbíteros que había en Brasil en 2002), 758 (o sea, el 41%) respondieron a un cuestionario de 33 preguntas. En el análisis de las respuestas, la espiritualidad y la sexualidad volvieron a representar dos aspectos problemáticos, confirmando los resultados obtenidos en la encuesta del CNP. Así pues, queda demostrado que la integración psicoafectiva y espiritual no es algo que le sea dado sin más al presbítero, sino que se configura más bien como “una búsqueda cotidiana para mantener el equilibrio con el fin de obtener la integridad de la identidad personal (que a su vez) es una construcción psicosocial, una realidad en constante formación” (CERIS, 2004, p. 15). La encuesta del CERIS ofrece otros datos dignos de consideración. A la pregunta de si el ministerio como tal les daba una experiencia con sentido, la gran mayoría de los presbíteros (el 72%) contestó que para ellos estaba “llena de sentido” en casi todos los aspectos, mientras que para el 21% resultaba realizadora “en algunos sentidos”, pero el 5%, sin embargo, la consideraba “difícil”. Son de nuevo datos que confirman lo que ya había puesto de relieve la encuesta del CNP. Teniendo como telón de fondo lo descrito hasta aquí, merece la pena mencionar algo de las respuestas sobre la relación con las mujeres, área en la que se producen la mayoría de los “comportamientos sexuales inapropiados” de los sacerdotes. Este es un tema delicado que para los encuestadores del CERIS (2004, p. 17) “la Iglesia está abordando con cierta dificultad”. Se tiende a tratarlo más en el ámbito interno de los confesionarios y de las consultas psicológicas, pese a que los reiterados escándalos denunciados por los medios de comunicación mundiales estén obligando a la Iglesia a revisar posiciones de ese tipo. Personalmente constato que en el clero de Brasil hay un deseo de debatir más abiertamente estas cuestiones. Hay otras tres preguntas sobre la relación de los presbíteros con las mujeres. En una de ellas, nada menos que un 90% de los encuestados coinciden en que “la convivencia con las mujeres se ha desarrollado de forma madura y respetuosa”, 11 Del grupo que llevaba ordenado entre 1 y 5 años el 16% (de 100 encuestados) se sentían poco o nada integrados espiritualmente, mientras que el 13,9% del grupo que tenían entre 6 y 10 años de ministerio decían lo mismo de su vida espiritual. 12 mientras que cerca de un !0% describe la convivencia como algo que resulta “difícil por el riesgo de implicación afectiva”. Otra pregunta investiga la posibilidad que le dan los sacerdotes a una implicación afectiva con las mujeres, con las siguientes respuestas: el 55% de los sacerdotes la consideran algo remoto, pero para el 35% no lo es. Las respuestas a una tercera pregunta análoga provocaron polémicas en cuanto a la interpretación de su significado. Son estas: mientras que el 50% de los encuestados decía “no haberse visto nunca implicado afectivamente con una mujer, siendo presbíteros”, el 41% afirmaba que ya había vivido ese tipo de experiencia en algún momento de su vida presbiteral y el 16% declaraba que la convivencia con las mujeres había sido “difícil por su implicación afectiva en el pasado”.

2.3. Concluyo esta parte, repitiendo una vez más que considero tan sólo indicativos los datos anteriormente expuestos. Carecen incluso de ulteriores especificaciones y complementaciones, especialmente en lo que respecta a sus dinámicas afectivas (etiología, génesis, desarrollo y posible integración y maduración). Pero merecen desde ahora mismo una consideración inmediata por parte de las autoridades de la Iglesia. Como psicólogo, basándome en lo que vengo observando hace ya muchos años en mi cuidado de presbíteros orientado a tratamientos especializados, soy de la opinión que esos datos han recibido poca atención por parte de las autoridades eclesiásticas. No hay duda de que no se puede establecer una conexión directa entre los datos y los abusos sexuales, más concretamente la pedofilia y la efebofilia. De todas formas, los presbíteros frustrados en su realización afectiva y espiritual y ministerial son probablemente más propensos a comportamientos sexuales que implican abuso – sin excluir el pedofílico – que los que se sienten realizados en ese campo fundamental para personas que anhelan (y siguen anhelando) consagrarse a Dios y a sus hermanos como presbíteros de la Iglesia. ¿Cómo se dan, entonces, los solapamientos? Lo que se produce es más una facilitación, reforzada por el clima erótico-sexual extremamente permisivo y seductor que predomina y permea todos los ambientes culturales, hasta los virtuales. Los seminaristas y los sacerdotes ya no viven encerrados en un mundo exclusivamente eclesiástico en territorios bien demarcados. Están expuestos a las influencias de un ambiente cultural más amplio. Llegan a frecuentar ambientes totalmente distanciados de lo que la Iglesia expone al común de los fieles. Se ha producido sin duda una secularización progresiva de los estilos de vida y de los papeles de los sacerdotes. Entre los más afectados, la sexualidad y el comportamiento sexual. Hay contaminaciones casi inevitables. Los sacerdotes son al fin y al cabo hijos de la modernidad que está ahí. A cada uno le toca la tarea de aprender a lidiar con esa realidad en la que la maduración humano-afectiva, sexual y espiritual ha de pasar por la criba de su vocación y misión de presbítero. 3. Dos encuestas más directamente orientadas al tema del abuso sexual

3.1. También merecen describirse rápidamente otras dos encuestas que ofrecen datos empíricos más precisos sobre el comportamiento sexual abusivo. La más esclarecedora y amplia es la que resulta de una tesis de doctorado defendida por Gino Nasini (2001) en una Universidad norteamericana. La pena es que, debido a las enormes dificultades que encontró para obtener una muestra estadísticamente válida, el grupo final de encuestados no pueda considerarse de ningún modo como estadísticamente representativo. No obstante, los datos que recoge nos ofrecen un cuadro detallado y bien 13 documentado de lo que aquí nos interesa. Es la mejor de todas las que hay disponibles en Brasil12. Nos puede servir como referencia hasta que se lleven a cabo ulteriores encuestas. Las muchas tablas y comentarios de Nasini ponen a nuestra disposición un cuadro general probablemente muy próximo a la realidad. Al encontrar serias dificultades para llegar de forma directa a los sacerdotes, Nasini echó mano de sacerdotes informantes que conocen bien la situación de sus colegas presbíteros. Consiguió la colaboración de los miembros del CNP (Consejo Nacional de Presbíteros) y, a través de ellos, también de los regionales. Nasini envió cuestionarios a 435 de ellos. La respuesta, lamentablemente fue un fracaso. Apenas si contestaron 62 encuestados (esto es, un 14%). De los 62 que respondieron, no obstante, el 77% decía conocer conocían personalmente casos concretos de abusos y conductas sexuales inapropiadas por parte de los presbíteros de sus respectivas diócesis. En total, enumeraron 243 casos relacionados con comportamientos impropios de los tipos que se exponen a continuación. Son números que dan que pensar, pese a que su validez estadística sea altamente cuestionables desde el punto de vista de la encuesta. Cuadro 01: Desglose de 243 casos de abuso sexual y mala conducta Tipo de casos Número de casos Porcentajes Con mujeres 126 52% Homosexuales con adultos 85 35% Homosexuales c/adolescentes 28 12% Con niños 4 2% Sólo con echarle un vistazo superficial al cuadro anterior resulta fácil sacar algunas conclusiones que se pueden complementar con los preocupantes datos de la siguiente nota13. La primera conclusión se refiere al número de pedófilos, que, en sentido estricto, es relativamente pequeño (un 2%). Es un porcentaje que se sitúa dentro de lo que sucede en la población general con individuos del sexo masculino que se dedican a profesiones auxiliares. La segunda: todo indica que el comportamiento sexual del grupo encuestado por Nasini tiene una fuerte orientación hacia comportamientos homosexuales dirigidos predominantemente a adultos (un 35%) y púberes (un 12%) y no a niños. En tercer lugar, hemos de decir que el cuadro más problemático desde el punto de vista del celibato es el que atañe a las relaciones con mujeres (un 52%). Sin duda, algunos de esos casos no son consensuales, sino que en algunos debe de haber acoso y algún uso del poder que otorga el sacerdocio. Con los datos de Nasini no hay forma de saber si hubo o no abuso psicológico o físico por parte de los sacerdotes en sus relaciones con las 126 mujeres y los 28 12 En los nueve capítulos del libro se tratan temas accesorios importantes para formarse un juicio global del problema. Se tratan cuestiones carentes de un mejor redimensionamiento psicológico, como las del celibato y del sacerdocio de hoy, de la atención a las víctimas y familias, de la acción pedagógica relativa a la comunidad, de las satisfacciones que se le dan a la sociedad y a los medios de comunicación, de las relaciones con las autoridades civiles y la policía, etc. El autor se vale mucho de lo que puede conocer y acompañar en la Iglesia norteamericana. La bibliografía que utiliza tiene también la misma procedencia. 13 Nasini indica otros tres datos importantes para formarse un juicio de conjunto: 41 (un 23%) de los encuestados dejaron posteriormente el ministerio, mientras que 35 (un 20%) cambiaron su comportamiento. Pero 56 (un 32%) mantuvieron (!) el comportamiento impropio hasta el momento de la encuesta. Si se confirman datos de este porte, creo que la Iglesia se debe a sí misma una toma de posición. La cuestión que se suscita es la siguiente: ¿qué decir sobre la ley del celibato? 14 adolescentes. En sí tampoco hay elementos suficientes para evaluar los abusos y embaucamientos que ha habido en dichas relaciones. Mi práctica pastoral y psicoterapéutica me inclina a opinar que sería totalmente ingenuo pensar que eso no ha sucedido, especialmente en los casos en los que están implicados adolescentes. 3.2. Referente al campo clínico propiamente dicho14 sólo conozco una encuesta brasileña (Silva, 2008) que proporciona datos sobre trastornos sexuales de sacerdotes. Dicha encuesta ha estudiado la prevalencia sexual de 149 sujetos15 atendidos entre los años 2001 y 2003 por ocho psicoterapeutas del Instituto de Terapia Acolher- ITA16. La encuestadora constató que, de ese total de 141 casos, 48 (con edades comprendidas entre 25 y 60 años) incidían en categorías que el DSM IV-TR, así como el CID-10, definen como “trastornos de la sexualidad”, casi siempre asociados a “trastornos de la personalidad” de varios tipos. El Cuadro 02 muestra la distribución diagnóstica de los 48 casos: Cuadro 02: Clasificación de la prevalencia sexual de los 48 casos según el DSM-IV TR Clasificación DSMIV Nº de casos Porcentajes /48casos Porcentajes/141 casos F32 5 casos 10,4% 3,3% F41 3 casos 6,3% 2,0% F42 1 caso 2,1 % 0,6% F60.8 1 caso: narcisista 2,1 0,6% F63.8 1 caso 2,1% 0,6% F65.4 4 casos 8,3% 2,6% F65.8 1 caso 2,8% 0,6% F66 23 casos 47,9% 15,4% Efebo 7 casos 14,6% 4,7% Epilepsia 2 casos 4,2% 1,2% Total 48 casos 100% 32,2% 14 En el campo sociológico hay algunos otros estudios. Uno de ellos, que responde a posiciones feministas defendidas también dentro de la Iglesia Católica, es la encuesta de la estudiosa de religión Regina Jurkewicz (2005) sobre el abuso sexual de mujeres por parte de sacerdotes católicos. La autora examinó episodios divulgados por la prensa entre 1994 y 2003 y consultó a casi 100 organizaciones que trabajan en el campo de los derechos humanos. Seleccionó 21 casos "de niñas, adolescentes y mujeres", algunas menores de 15 o 16 años. 15 De los 48 sujetos del cuadro no todos eran sacerdotes ya ordenados. 25 eran presbíteros (un 52%) y 23 (un 48%) estaban a punto de ordenarse.

16 El Instituto Terapéutico Acolher (ITA) se fundó en el año 2000. En sus inicios tuvo el respaldo del Saint Luke Institute, de los Estados Unidos y del Southdown Institute, de Canadá. En su plantilla permanente cuenta con unos 15 psicólogos clínicos o psiquiatras especializados en el estudio sistemático de las especificidades encontradas en la psicoterapia de clérigos católicos. El trabajo de Rosa Eliza da Silva forma parte de un grupo de seis encuestas elaboradas para la obtención del master y del doctorado en el Programa de Estudios de Postgrado de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, entre los años 2005 y 2011.

15 No es este el lugar para un debate más pormenorizado en cuanto a los resultados que constan en el Cuadro anterior. Sólo describiré brevemente las categorías diagnósticas que nos interesan de forma inmediata, o sea, las que suelen tener una conexión más directa con los abusos sexuales de menores y otros. Según el DSM IV, esas categorías están relacionadas con el eje diagnóstico de número II (Trastornos de la personalidad) y del Eje I (“trastornos sexuales y de identidad de género”) que, a su vez, abarcan un gran número de indicadores sintomáticos minuciosamente catalogados. Para el CID 10 y el DSM-IV es aquí donde entran las parafilias (F 65.4 y F 65.8), que constan en el Cuadro 02. Hay que distinguir entre estas y los 23 casos incluidos en el epígrafe F 66 del Cuadro referente a los “Trastornos psicológicos y de comportamiento asociados al desarrollo y a la orientación sexual”. Aquí es donde se incluyen por regla general los individuos de orientación homosexual. Nótese que, en su conjunto, representan un 62% de los sacerdotes y seminaristas en tratamiento psicoterapéutico en el Instituto Psicoterapéutico Acolher. En comparación, los pedófilos aparecen en una proporción mucho menor: son 5 y corresponden a un 10,32% de los 48 sujetos del Cuadro 02. 3.3. Los trastornos sexuales se han de considerar asociados a otros disturbios que pueden provocar importantes disfunciones en la manera con que las personas se relacionan con los demás, con el ambiente que las rodea y consigo mismas. Son categorías psiquiátricas que pueden estar hasta cierto punto asociadas con distintas patologías y distintos trastornos de la personalidad, entre los cuales parecen tener una mayor incidencia los de tipo narcisista, de evitación, el dependiente y el obsesivocompulsivo., Como ya se dirá en la segunda parte de mi disertación, todos estos trastornos psico-comportamentales se han de comprender a la luz de hechos de la vida cotidiana normal, como son las tensiones familiares o comunitarias, la pérdida de seres queridos, las dificultades y conflictos laborales, el fracaso profesional o, en un aspecto más amplio, las influencias culturales que proceden de modismos divulgados por los grandes medios de comunicación o que exigen las personas en función de los grupos de pertenencia o referencia a los que estas se asocian, aunque no siempre por su propia voluntad. Situaciones más radicales de cambio económico, social, cultural o religiosa – como las que se dan en el Brasil contemporáneo – pueden influir en la intensidad mayor o menor de dichos trastornos psicológicos, dándoles, cada vez con mayor frecuencia, una connotación sexual a la identidad y a la vida religiosa de las personas. Dos teólogos brasileños (Mendonça y Oliveira, 2011, p. 18), que escriben sobre la antropología del presbítero católico, notan que en sociedades como las del occidente postmoderno se está volviendo bastante común la aparición de “comunidades percheros” (expresión de S. Bauman, 2003, p. 49), grupos de pertenencia de duración precaria, que adoptan un modo cool y distanciado de vivir. En ese estilo de vida, lo que atrae a los sujetos no es relacionarse con el otro, sino compromisos rápidos y fugaces que carecen de la dinámica creativa y osada, y por eso tensa, que suele prevalecer en grupos saludables. Para los estudiosos susodichos este representa hoy en día uno de los grandes desafíos que hay que encarar “en la formación de presbíteros, llamados a ser señales sacramentales de Cristo Pastor que da la vida por las personas”. Es una situación que fragiliza y hace “líquida” (en el sentido acuñado por Z. Bauman, 2004) la vida comunitaria y afectiva de muchos seminarios.

4. Termino esta parte aludiendo a las recientes orientaciones emitidas por la Asamblea General del Episcopado brasileño de 2011. En esta ocasión los Obispos de Brasil han aprobado un documento con orientaciones y procedimientos relativos a las 16 acusaciones de abuso sexual contra menores (CNBB, 2011). En el fondo, el documento retoma, con elementos propios del derecho brasileño, lo que la Santa Sede ya ha manifestado en varios de sus documentos. En el texto se abordan aspectos psicológicos, aspectos jurídicos de Derecho Canónico y de Derecho Civil y Penal brasileño (Azambuja, 2011). En la parte relativa a las orientaciones prácticas, la atención se centra en la comunicación con la opinión pública y los medios de comunicación y, de una manera un tanto resumida, se alude a la necesidad del acompañamiento pastoral de los casos, terminando con recomendaciones sobre la selección y formación del clero. En lo tocante a los aspectos psicológicos el documento deja mucho que desear. Los Obispos, principalmente los de las muchas diócesis sin recursos, seguirán sin saber qué hacer. Las orientaciones de la CNBB, como tales, representan un paso al frente. Sin embargo, se tiene la impresión de que el episcopado está más preocupado por dar una respuesta a los medios de comunicación que por poner en marcha soluciones factibles para problemas que exigen respuestas inmediatas. No se indica cómo queda la atención pastoral psicológica de los casos más graves; no se dan indicaciones respecto a la asistencia a las víctimas ni a lo que hay que hacer para ayudar a los presbíteros en peligro; no se mencionan los esfuerzos que la sociedad brasileña está realizando con el objetivo de que, por lo menos, disminuya la incidencia del mal. Hay cuestiones angustiosas para las cuales episcopados como los de los Estados Unidos han adoptado medidas valientes que no se tratan bien en el Documento. Quien conoce la peligrosidad que entrañan las personalidades abusivas, como las de los tipos IV, V y VI, descritos por Ken Sperry (2003, p. 207), se pregunta si las indicaciones del Documento traerán soluciones realistas para casos así. Una preocupación que no se puede aplazar por más tiempo es la de la ayuda a Diócesis y congregaciones sin recursos, principalmente cuando el diagnóstico apunta a patologías. ¿Son suficientes las medidas canónicas o tratamientos pro forma? Y las víctimas inocentes ¿quién cuidará de ellas? ¿Qué hacer para crear unas condiciones de tratamiento profesional cualificado? ¿Tiene la Iglesia de Brasil condiciones y personal capacitado para fomentar una red de centros de acogida que puedan responder a las necesidades que exige una asistencia válida para esos casos? ¿Quién financiará los costes de tratamiento? III. Algunas sugerencias prácticas finales La presente Conferencia tiene objetivos tanto teóricos como prácticos. En mi intervención, considerando el tema que se me ha solicitado (“Religión, sociedad y cultura en diálogo”), he procurado incluir los elementos que, en mi opinión, son de mayor utilidad para la formación de un juicio más seguro sobre un problema (el abuso sexual en el clero católico) que no tiene ni tendrá solución fácil o a corto plazo. Al mismo tiempo, he intentado poner en conocimiento de los participantes de este Simposio los datos estadísticos de que disponemos en Brasil, pues es de ahí de donde se ha de partir para sugerir medidas que sean eficientes y prácticas allí donde se producen los abusos y las malas conductas. De la exposición resulta patente que hay una situación como mínimo preocupante. Hay indicios que me llevan a sospechar que los datos reales no se están tomando en consideración, lo que me hace suponer que hay silencios y que ciertas verdades duras no se están diciendo. Las soluciones sólo se 17 podrán encontrar si hay una voluntad humilde y valiente por parte de las autoridades eclesiásticas y del propio clero. El respaldo a las comunidades que tengan el dolor de experimentar directamente escándalos sexuales será seguramente indispensable para que las medidas tomadas lleguen a sanar realmente las heridas mediante una purificación de la Iglesia, por la gracia de Dios. Para terminar, coincidiendo ampliamente con Nasini (2001, p. 231-235) en su bien fundamentado estudio, indico algunos puntos que me parecen esenciales desde el punto de vista del tema que he intentado presentar:

1. Es preciso que la Iglesia asuma una postura ante los abusos sexuales: Toda la Iglesia de Brasil, liderada por el Episcopado, necesita adoptar la misma actitud de transparencia y humilde reconocimiento de los errores y omisiones que están impidiendo la “sanación” de esa espina en la carne de toda la Iglesia que es el comportamiento abusivo del clero, aunque tan sólo lo cometan muy pocos de sus miembros: “Ad intra Ecclesiae” se han de debatir, y encauzar los aspectos fundamentales que de facto se están aplazando o silenciando. Ad extra: la Iglesia y todas sus pastorales han de tomar conciencia de que es imprescindible ir hacia un diálogo y una cooperación más sistemática de la Iglesia con las fuerzas vivas de las demás Iglesias y religiones y con las organizaciones de la Sociedad Civil y del Estado que militan a favor de la protección de todos los derechos de los menores y demás víctimas de los múltiplos factores que hacen posible y fácil toda y cualquier forma de abuso sexual.

2. Posibles Comisiones de Orientación Un Comité Especial ad hoc constituido por Obispos podría asumir la supervisión de todas las medidas que se hayan de adoptar. Le corresponderían las mediaciones con el conjunto del Episcopado y Organismos de la Iglesia ya existentes, garantizando la ejecución de las medidas comunes destinadas a hacer efectiva la curación y sanación de esa espina en la carne de toda la Iglesia que es el abuso sexual del clero. La experiencia de otros países nos muestra que sería importante (tal vez incluso indispensable) la creación de un Grupo Especial encargado de hacer una recogida de informaciones y un estudio de la situación real del problema, a semejanza, por ejemplo, de la John Jay Comission de los Estados Unidos. Una Comisión Permanente constituida por especialistas de varias áreas del conocimiento (seglares, religiosos/as y ministros ordenados) podría asesorar y acompañar los 18 procedimientos que se hubieran de adoptar, implantados y evaluados en sus efectos en la línea de las indicaciones recientemente aprobadas por la última Asamblea Nacional del Episcopado Brasileño (cf CNBB, 2011). La Comisión Nacional de Presbíteros (CNP) podría elaborar, paralelamente, un Código de Ética de los Presbíteros de la Iglesia en Brasil (no sólo en lo tocante a la cuestión del abuso sexual), a semejanza de lo que ya han hecho otras categorías profesionales, como los médicos, los abogados y los psicólogos de Brasil.

3. A estas Comisiones les correspondería también: garantizar el debido apoyo a las víctimas y a sus familias, así como a las comunidades en las que se hayan producido los escándalos (parroquias, colegios, obras sociales varias, etc.) y a los propios sacerdotes abusadores y, en caso de ser necesario, deberían sugerir también al Obispo responsable los procedimientos que se hayan de seguir, inclusive los relativos a las debidas correcciones y/o sanciones previstas por la ley canónica (activación de los Tribunales Eclesiásticos) y por el derecho penal vigente en el país.

4. El acompañamiento médico-psicológico: Se deberían crear en varios puntos del país Institutos destinados a dar asistencia especializada a los presbíteros carentes de ayuda médico-psiquiátrica y psicoterapéutica.

5. La CNBB, con ayuda de las instancias susodichas, del Instituto Nacional de Pastoral y de las Facultades de Teología y Universidades de la Iglesia, debería fomentar la creación de un Centro de Estudios sobre la Sexualidad Humana que, considerando el enfoque antropológico cristiano y las especificidades sociales y culturales de Brasil, pueda proporcionar asesoramiento para la intervención de la Iglesia en temas cultural y políticamente controvertidos y para la formación del clero, de la Vida Consagrada y del laicado católico en general.

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(vía periodistadigital.com)

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