sábado, 10 de marzo de 2012

Dios a debate: Dawkins vs. Williams y otros enfrentamientos históricos

La Universidad de Oxford acogió hace unos días un esperadísimo duelo dialéctico. El eminente polemista Richard Dawkins -ateo famoso y beligerante- frente a Rowan Williams, obispo de Canterbury. El eterno debate fe-razón. Lo cuenta en ALBA Pedro García Luaces.

El teatro Sheldonian estaba abarrotado pese a tratarse de un debate 2.0, retransmitido en directo a través de una página web. Dos años antes, Williams y Dawkins se habían enfrentado en un canal de televisión y la sangre no llegó al río por bien poco.

De ahí que los polemistas forzaran una actitud constructiva en este segundo duelo, que no encontró sin embargo puntos de encuentro hasta el cándido consenso final, en el que ambos coincidieron en que la creación, viniera de donde viniera, era bella y elegante.
Ateo y obispo coincidieron en algo:la creación, venga de donde venga, es bella y eleganteEn el plano argumentativo, Williams se aferró al concepto de conciencia, que se escapa a toda explicación darwinista, a lo que Dawkins respondió que si Darwin no había dado respuesta a este extremo, la neurociencia lo haría en el futuro. A pesar de la suficiencia que mostraba, Dawkins terminó reconociendo que no podía demostrar la no existencia de Dios, lo que suponía admitir que en realidad no era ateo, sino agnóstico. Un tropezón para un intelectual que, en una escala de ateísmo donde el siete es el convencimiento absoluto, se coloca a sí mismo en el 6,9. Para el filósofo Gustavo Bueno, el debate tuvo un nivel de COU y a lo sumo sirvió como gran campaña de marketing de la universidad británica, que quiso erigirse en bandera de la tolerancia de cara al mundo.

¿Experiencias místicas? Russell las comparó con los efectos de “determinadas lecturas”El debate de Williams y Dawkins ha querido encuadrarse en una tradición polemista que nace en Oxford un sábado 30 de julio de 1860. Se enfrentaban nada menos que Charles Darwin y el obispo anglicano Sam Wilberforce, conocido como Sam ‘el jabonoso’ por su inclinación a frotarse las manos mientras disertaba y por su habilidad para evadirse de todas las trampas dialécticas que le tendían. Darwin no acudió a la cita por culpa de su delicada salud y envió en su lugar a Thomas Huxley, conocido como ‘el bulldog de Darwin’. El debate ha pasado a la historia por un supuesto desliz del obispo, que preguntó a Huxley con sorna si su parentesco con el mono le venía de padre o de madre.

Las crónicas cuentan que Huxley susurró entonces “el señor lo ha puesto en mis manos” y replicó en tono dignísimo: “Si tuviera que elegir, antes preferiría descender de un humilde mono que de un hombre que emplea su talento en oscurecer la verdad”. Después, un tenso silencio roto por los aplausos del distinguido público, que sacó a Huxley a hombros tras la correspondiente vuelta al ruedo.
La luz ilustrada

Así nos ha llegado la historia, aunque cada vez son más los que ponen en duda no solo la anécdota, sino también la derrota de Wilberforce. Lo cierto es que ninguna cámara web retransmitió aquel debate y las fuentes directas que toman sus intérpretes son generalmente poco precisas y partidistas. Ninguna votación rubricó el resultado y el mito creado en torno a Huxley -cuya voz era tan apagada que difícilmente pudo conmover, ni probablemente ser oída, por todo un auditorio abarrotado- se generó, según el historiador Frank James, veinte años después. Como apuntó Sheridan Gilley, el debate personificaba dos moralidades rivales y, en función de la afinidad del cronista, convenía pintar a Huxley como el arcángel de la luz ilustrada y a Wilberforce como el oscuro representante del fanatismo y la superstición.

Uno de los debates más famosos que enfrentaron al agnosticismo con el cristianismo fue el que protagonizaron en 1948 Bertrand Russell y el padre Copleston con la BBC como testigo. Copleston defendía los fundamentos de la escolástica más clásica, mientras que Russell representaba un pensamiento de vanguardia, que en su caso podía resumirse como lógico y analítico. Russell partía de una posición agnóstica, aunque su estilo vehemente cuando trataba aspectos religiosos le hacía pasar por el ateo más furibundo.

Ser contingente, ser necesario

Frederick Copleston, autor de una Historia de la filosofía en diez volúmenes considerada como una de las mejores introducciones al pensamiento occidental, contaba con todo el caudal intelectual para hacer frente a Russell, pero se topó con la robusta coraza de su agnosticismo analítico. El religioso atacó desde la teoría del ser contingente, que necesita de un ser necesario que sea la razón de su existencia, pero Russell no aceptó el término “necesario”, que consideró desprovisto de todo sentido.

Este veto semántico llevó el debate por derroteros que nada interesaban al padre Copleston, que se vio de pronto discutiendo sobre la existencia del “cuadrado redondo”. Aun con todo, Copleston supo apartarse de la argumentación ontológica, partiendo de que no tenemos una idea clara de la esencia de Dios, y llevó el debate por el camino de la experiencia de Dios.

Esta vía se detuvo en la experiencia de los místicos, que Russell quiso minimizar comparándola con el efecto que ciertas lecturas pueden causar en un joven, aunque versen sobre personajes que no han existido, como Licurgo. “Es posible -contestó Copleston-, pero el hombre influido por Licurgo no ha tenido la irresistible impresión de que ha experimentado, de alguna forma, la última realidad”.

Uno católico y conservador;el otro socialista y descreído... Y un cara a cara bautizado ‘¿Estamos de acuerdo?’El papa Benedicto XVI ha sido, durante su etapa de teólogo, cardenal y prefecto de la Doctrina de la Fe, uno de los más encendidos defensores del diálogo entre religiones, así como del debate entre laicos y católicos, convencido de que hay un amplio terreno común por donde transitar. “La verdad no es la propiedad privada de nadie, sino que ha de ser compartida”, le diría al laicista Flores d’Arcais. Ratzinger aceptó de buen grado un cara a cara con el filósofo Jürgen Habermas, hombre “carente de oído musical para la religión” y sin duda uno de los cinco o seis pensadores más importantes del siglo XX, aunque este debate trató sobre las formas de Estado. Su principal polémica en torno a la existencia de Dios la mantuvo con el filósofo y periodista Paolo Flores d’Arcais en febrero de 2000 ante un auditorio abarrotado. Ratzinger sostuvo con eficacia su exposición, ya que partiendo del concepto de ley natural, se situó enseguida del lado de la razón, un terreno que D’Arcais entendía como propio. Pero al mencionar la tolerancia saltó su rival, al que le gusta considerarse el último jacobino vivo: “¡Cuánto os habéis dejado contaminar como Iglesia por el mundo laicista! El término ‘tolerancia’ es iluminista”. A lo que Ratzinger respondió que el cristianismo quiso ser una ilustración en cierto sentido. “Yo no hablaría de contaminación -resolvió-. Me parece positivo que estas dos corrientes, que estaban separadas, se encuentren y que cada una empiece a aprender de la otra”. Lo que incitó una clamorosa ovación de los asistentes.
Recitaré un poema

Las polémicas de G. K. Chesterton con su buen amigo Bernard Shaw llenaron infinidad de páginas de réplicas y contrarréplicas. Chesterton admiraba la coherencia de Shaw y, aunque rechazaba sus fundamentos, respetaba su honestidad intelectual, que atacaba en ráfagas de 360 grados y estaba tan alejada de todo dogmatismo.

Chesterton y Shaw aceptaron un debate cara a cara en el Kingsway Hall de Londres en 1923, en presencia de una rudimentaria BBC que nacía apenas un año antes. Bajo el voluntarioso título ¿Estamos de acuerdo? se enfrentaban un orondo inglés, católico, campechano y conservador, con un enjuto irlandés, frugal, socialista y descreído. El debate se centraba en posturas político-económicas, temas que, en cualquier caso, Chesterton no entendía sin la participación de lo trascendente. De hecho, su postura ‘distribucionista’ partía de la encíclica Rerum novarum, del papa León XIII, que pretendía abrir una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo.

Los contertulios mantuvieron en todo momento una voluntad de entretener, pero como el tema no dejaba de ser engorroso y la nacionalización de las minas de carbón británicas empezaba a oscurecer la agudeza de los argumentos, el ilustre moderador, nada menos que Hillaire Belloc, decretó el empate final con una salida memorable: “Dentro de unos años este debate estará anticuado -dijo-, de modo que recitaré un poema”. Un poema que comenzaba así: “Nuestra civilización está basada en el carbón / cantemos por turno / a nuestra civilización / esa masa informe / y sin alma / nuestra civilización”.

A continuación, predijo el derrumbe de la civilización industrial, que renacería en una época oscura de absoluta esclavitud, un discurso que provocó la inmediata admiración de George Orwell. “Antes de mí, otros escritores han sido capaces de vislumbrar el nacimiento de una sociedad basada en la esclavitud”, escribiría muchos años antes de que su novela 1984 viese la luz.

(vía intereconomia.com


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