lunes, 29 de octubre de 2012

Paul Kurtz, el filósofo que se independizó de Dios

Creó una moral alternativa secular, liberada de lo sobrenatural y de la autoridad de las religiones

Joaquín Pi Yagüe - 29 OCT

El filósofo humanista Paul Kurtz, en 2004. / AP (DON HEUPEL)

Es muy probable que, justo antes de su fallecimiento el pasado 20 de octubre, a Paul Kurtz no le asaltara en sus últimos días la angustia recurrente respecto a qué encontraría después de la muerte. Desde sus años de universitario luchó por liberarse de los miedos ligados a la fe en la divinidad o en lo sobrenatural y al respeto a la autoridad de la jerarquía de las religiones mayoritarias.

Paul Kurtz nació en 1925 en Newark (Nueva Jersey, EE UU). Hijo de padres judíos a los que calificaba de “librepensadores”, se alistó en el Ejército estadounidense durante la II Guerra Mundial y fue uno de los primeros en entrar en los campos de concentración nazis de Buchenwald y Dachau en la liberación. Después de la guerra retomó los estudios y se matriculó en la Universidad de Nueva York para graduarse en Filosofía en 1948. Influido por el pensamiento pragmático de Sidney Hook, continuó formándose hasta obtener el título de doctor en 1952 por la Universidad de Columbia. En esa década de los cincuenta comenzó su identificación plena con el pensamiento humanista secular y dio sus primeros pasos en el terreno de la enseñanza universitaria en el Trinity College de Connecticut, para pasar después al Union College.

A partir de 1965 se vinculó a la Universidad del Estado de Nueva York, en la ciudad de Búfalo, como profesor de filosofía hasta su jubilación en 1991, si bien continuó en esta institución como emérito. Una vez se hubo establecido en esta universidad comenzó su activismo cívico. En 1973 publicó el Humanist Manifesto II, un escrito de crítica al teísmo desde una perspectiva humanista. La obra está basada en otro documento de 1933 al que se la habían incorporado algunos de los asuntos más candentes de la década de los setenta como las armas nucleares, el control de la población, el racismo o el sexismo. El manifiesto lo firmaban 120 importantes personalidades del mundo de la ciencia y de la cultura entre las que se encontraban Andréi Sájarov, Francis Crick o Isaac Asimov.

La pugna para que el pensamiento racional guiara las acciones humanas lo llevó a hacer campaña contra quienes daban pábulo a los fenómenos paranormales. En 1977 puso una reclamación en la Comisión Federal de las Comunicaciones contra la NBC por un programa de titulado Explorando lo desconocido, presentado por el actor Burt Lancaster y en el que, utilizando un formato de documental, introducía a la audiencia en temas tales como la cirugía psíquica de unos curanderos filipinos que aseguraban ser capaces de extraer un tumor practicando incisiones con el poder de su mente.

El auge del fundamentalismo religioso en EE UU en la década de los ochenta también animó a Kurtz a responder con la aparición de la revista Free Inquiry. Antes de la irrupción oficial del integrismo religioso algunas voces afines a él comenzaron a revolverse contra los esquemas de pensamiento de Kurtz. Es el caso del evangelista Edward Rowe, que dejó escrito en su libro Save America, publicado en 1976, que “el humanismo es la filosofía y el programa de Satán”. Lejos de arredrarse, Kurtz respondió a todos estos sectores In Eupraxophy: living without religion, publicado en 1989 y donde proponía una moral alternativa laica prescindiendo de las religiones.

En los últimos años de su vida no dejó de comprometerse ocupando cargos de importancia en distintas asociaciones afines a sus postulados filosóficos. Sin embargo, su entorno no era una balsa de aceite: desde posiciones de un ateísmo militante sin concesiones, algunos le echaron en cara su mesura y falta de agresividad en la crítica a los distintos credos. En 2010 dejó la dirección del Center for Inquiry por entender que se había llenado de “ateos enfadados” y por estar en desacuerdo con los últimos proyectos de esta asociación, que incluía, entre otros, el Día Internacional del Derecho a la Blasfemia.

(vía sociedad.elpais.com)

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