viernes, 6 de junio de 2014

(A)teología de la liberación

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La credulidad religiosa y la “izquierda” puertorriqueña
Biblia (por Jose Orlando Sued)
Biblia (por Jose Orlando Sued)
Un día yo pregunté, abuelo ¿dónde está Dios?
Abuelo me miró triste, y nada me respondió…
-Soledad Bravo
Entrampamientos de la “teología de la liberación”
La integración del discurso religioso de la cristiandad en el imaginario político de la izquierda latinoamericana en general, y de la puertorriqueña en particular, ha jugado un papel protagónico entre las causales históricas de su prolongada y agravada condición de crisis. Aunque los teólogos políticos de “izquierda” o teólogos “liberacionistas” suelen ser estimados como intelectuales progresistas, solidarios con las causas justas y bien intencionados, a la larga han desvirtuado el ideario revolucionario moderno de emancipación humana y trivializado el concepto de justicia social que le es consustancial. Este sector todavía forma parte de las elites intelectuales de izquierda y ejerce su influencia ideológica sobre los modos como se piensa y actúa lo político en nuestros tiempos. No obstante, lamentan con marcada nostalgia la progresiva desaparición de sus referentes ideológicos/religiosos en el orden del discurso político contemporáneo; y todavía no han caído en cuenta de sus contradicciones e incoherencias como tampoco de los efectos nocivos de la credulidad religiosa para los proyectos políticos de objetivos emancipadores y de justicia social.
Dentro de este cuadro de época es preciso comprender las condiciones de la aparición histórica del discurso de la “teología de la liberación”, y abordar su impacto de manera reflexiva y radicalmente crítica, aun a riesgo de herir ciertas sensibilidades o de parecerle a algunos ofensiva la honestidad inquisitiva de la crítica. Ya he tratado temas relacionados en otras publicaciones señalando, por ejemplo, el carácter problemático y los efectos perniciosos de la credulidad religiosa en el imaginario político del nacionalismo católico en el contexto puertorriqueño y latinoamericano;1 en las políticas de gobierno y en los ámbitos jurídicos y legislativos; así como los efectos perniciosos a la vida social, singular y colectiva, del fundamentalismo religioso y sus discursos y prácticas antagónicas e irreconciliables con los principios, derechos y libertades democráticas, tanto en el escenario insular como en el ámbito internacional.
No intereso desestimar las aportaciones puntuales de los teólogos “liberacionistas” dentro de sus respectivos contextos. La corrupción institucional de la Iglesia Católica Romana y de sus sucursales caribeñas y latinoamericanas ha sido foco de atención de severas críticas por parte de este sector religioso, sobre todo por sus vínculos y alianzas con gobiernos despóticos, con oligarquías nacionales y regímenes militares. Pero no es esta dimensión la que nos concierne, pues a todas cuentas la fiscalización más severa de estas instancias proviene de sectores intelectuales seglares y militantes ateos, para los que el gran negocio de la credulidad religiosa y sus dispositivos de subyugación ideológica son negocios fraudulentos y corruptos por su propia naturaleza religiosa, autoritaria y absolutista.
Las aparentes virtudes de la teología de la liberación residen, más bien, en su crítica a las prácticas deshumanizantes del capitalismo, a sus particulares políticas de explotación y dominación imperialista en la era (pos)colonial de las Américas. En este sentido, sin embargo, el valor singular de la teología de la liberación no se debe a su bagaje religioso, sino a la adopción formal del marxismo y sus respectivas acepciones coyunturales y afinaciones teóricas. La radicalidad del discurso político de la teología de la liberación no se debe, pues, al carácter religioso de sus promotores intelectuales, sino a su particular formación política en el marco de los proyectos socialistas de fines de los años 60 y 70 del siglo pasado.
El carácter religioso de la crítica manejada desde la perspectiva de la teología de la liberación desvirtuó desde sus inicios la potencia emancipadora de la crítica misma, impregnando de supersticiones e imposturas, equívocos y engaños, la imaginería política de la época. Todavía hoy sufrimos sus consecuencias, y las elites intelectuales de la izquierda latinoamericana e isleña deben advertirlas y superarlas, si acaso queremos viabilizar un proyecto político radicalmente emancipador, revolucionario y esperanzador.
La ética humanista que engloba y mueve el discurso socialista no es de naturaleza cristiana sino que, por el contrario, emerge en contraste y en abierta pugna con la cristiandad católica y protestante. Atribuir las virtudes morales y emancipadoras del proyecto socialista a la influencia del cristianismo es una impostura que debe erradicarse en definitiva. Se basa en el falseamiento calculado de la historia del imperialismo cristiano y en la ocultación fraudulenta, descontextualización y manipulación ideológica de los contenidos en las “sagradas escrituras”.
Es preciso desembarazarnos de las ignorancias y supersticiones que invariablemente se cultivan mediante la credulidad religiosa, y desmentir la aparente autoridad moral de sus fundamentos. La manipulación a conveniencia de la figura mítico-literaria de Jesús es una táctica de subyugación ideológica que no debe pasar inadvertida. Se han aprovechado de las inconsistencias morales, las contradicciones, omisiones y ambigüedades de los textos sagrados, para imponer su autoridad interpretativa por encima de las autoridades eclesiásticas tradicionales. No obstante, los teólogos “liberacionistas” reivindican al mismo Dios vengativo y cruel que entronizan los fundamentalistas religiosos desde épocas primitivas. Sacan de contexto algunos fragmentos de la Biblia, omiten lo que no les conviene citar y moldean sus figuras protagónicas en función de un discurso puritano, de apariencia revolucionaria pero de esencia igualmente conservadora, tradicionalista y supersticiosa.
De la adulación de los profetas bíblicos, al margen de sus perfiles psicopatológicos (psicóticos, esquizofrénicos, paranoides, etc.) conservan la vocación mesiánica, y reclaman poseer la razón infalible para descifrar en definitiva el verdadero mensaje de Jesús y el plan de Dios para este mundo. Invisibilizadas las cruentas historias que entrelazan la historia de la cristiandad con las primitivas leyendas del judaísmo, inventan a un Dios “libertador” de los oprimidos del mundo. Su retórica no representa una ruptura epistemológica con el imaginario judeocristiano dominante sino que, por el contrario, lo refrenda en términos absolutistas, de igual modo a como históricamente han hecho los jerarcas eclesiásticos y los más diversos déspotas cristianos, católicos y protestantes.
La referencia a la leyenda mitológica de Moisés, por ejemplo, evidencia el carácter fraudulento de la propuesta “liberacionista” en conjunto. La caricaturización de esta figura literaria va aparejada del carácter infantil e infantilizante del discurso teológico judeocristiano. Ya el psicoanálisis de finales del siglo XIX dio cuenta sobre los mecanismos psicológicos que posibilitan la credulidad religiosa, pero son sus efectos psicosociales que afectan gravemente la vida política los que deben (pre)ocuparnos.
El Dios imaginado por la teología de la liberación pertenece a una demagogia de panfleto izquierdista y su génesis no se diferencia cualitativamente de las retóricas dominantes, aunque se posicionen del lado de los empobrecidos y miserables del mundo, de los excluidos y marginados, de los explotados y oprimidos. La alta jerarquía eclesiástica, desde sus estadios iniciales, siempre ha reclamado ser para los pobres. Sus negocios dependen de ellos, porque son su principal clientela. La compasión con los empobrecidos sigue siendo la clave publicitaria de la empresa eclesiástica y de sus variantes en competencia. Pero el concepto de un Dios “libertador” es absurdo, carece de fundamentos racionales y las pruebas más contundentes provienen de los propios textos sagrados compilados en la Biblia, no solo en su literalidad expresa sino, además, en la materialidad histórica de sus interpretaciones y usos prácticos. Además, ambas categorías, “Libertad” y “Dios”, son mutuamente excluyentes.
Es un rasgo distintivo de hipocresía y engaño ignorar sistemáticamente el carácter sanguinario y violento del Dios judeocristiano y las atrocidades perpetradas y legitimadas históricamente por sus creídos representantes terrenales. Las cruentas guerras de conquista imperial y genocidio; la exaltación de la esclavitud como voluntad divina y el mandamiento de sumisión incondicional al amo como elegido y privilegiado de Dios; el prohibicionismo y sus prácticas represivas; el encierro carcelario y la pena de muerte; el desprecio misógino y el dominio del hombre sobre la mujer y sus hijos; el discrimen homofóbico y la represión irracional de la sexualidad humana; la resistencia a la educación sexual en las escuelas y a las políticas de salud pública que reivindican los derechos reproductivos de las mujeres; la xenofobia; la violencia guerrerista; así como el asesinato de cientos de miles de personas por el solo hecho de no comulgar con los credos compartidos entre el judaísmo y la cristiandad, son errores o tergiversaciones humanas de la verdadera voluntad de Dios, según los teólogos “liberacionistas”. ((“Marihuana: un mal imaginario”, Revista 80grados, 28 de junio de 2013. “Del Derecho Penal y la (sin)razón carcelaria”Revista 80grados, 15 de noviembre de 2013.; “Cárcel, religión y esclavitud” en El Nuevo Día, viernes, 26 de febrero de 2010. “Religión y pena de muerte”El Nuevo Día, 01 de febrero de 2010. “Misoginia y Religión”El Nuevo Día, sábado, 10 de agosto de 2013  y en “Mujeres de Dios”; Revista 80grados, 8 de marzo de 2013. “La Sagrada Familia”, Revista 80grados, 7 de junio de 2013. “Homofobia: ciencia, derecho y religión”; Revista 80grados, 19 de abril de 2013. “Amén”, El Nuevo Día, 20 de octubre de 2013. Título original: “La ‘educación’ religiosa”. “Religión, Educación y Derecho” en El Nuevo Día, 14 de agosto de 2009. “Sexo, Salud y Religión”; Revista 80grados, 10 de enero de 2014. “Haití, Dios y el Diablo”El Nuevo Día, jueves, 21 de enero de 2010. “Siria y el espectro de la guerra”, Revista 80grados, 10 de septiembre de 2013. “(In)tolerancia religiosa”; Revista 80grados, 21 de septiembre de 2012.))
El encubrimiento sistemático de la sanguinaria historia bíblica, a la par con la manipulación política de sus contenidos “sagrados”, devela el carácter fraudulento de la teología de la liberación, a pesar de las simpatías que pudiéramos compartir con sus lineamientos críticos del sistema capitalista y con sus empatías con los oprimidos bajo sus dominios. Pero, nuevamente, no es inventando a un “Dios libertador” en contraste a un “Dios opresor” que se potencia la emancipación humana y se viabilizan proyectos de justicia social alternativa. Debemos desembarazarnos de las ataduras psicológicas que fuerzan al ser humano a depender de falsas ilusiones y demás supersticiones religiosas. La acción política revolucionaria debe estar integrada por una ética alternativa atea, que rompa de raíz con el temor al castigo de seres imaginarios e idealizados infantilmente; y que sea la esperanza revolucionaria y el amor a la humanidad lo que anime la vida política y sus luchas cotidianas, no las promesas de gracia y gloria de un más allá inexistente.
La clase intelectual de la izquierda revolucionaria en tiempos posmodernos no debe consentir que las alianzas tácticas con los sectores religiosos impongan condiciones que degeneren el carácter emancipador de sus proyectos políticos. La justicia social no es solo la equidad económica sino, además, la emancipación de la ignorancia y de las supersticiones esclavizadoras de la psiquis humana. La disposición anímica a la credulidad religiosa siempre ha sido una condición ideológica clave para aglomerar multitudes, movilizar ejércitos y aplastar la singularidad existencial de los seres humanos, sus derechos y sus libertades. Pero si creemos que otro mundo es posible, aferrémonos a la esperanza atea y erradiquemos las tiranías de la fe religiosa, vengan de donde vengan, sea de la izquierda o de la derecha.
La Biblia y la imposibilidad de una hermenéutica teológica liberadora
Por más sofisticados que pudieran parecer los malabares retóricos que ingenian los teólogos liberacionistas, la Biblia sigue siendo una fuente insalvable de engaños y fraudes por su naturaleza religiosa. Su contenido expreso, metafórico y literal, se presume inspirado o directamente dictado por Dios. Pero Dios no existe más allá de la imaginación literaria de sus creadores y de las ilusiones que se han hecho sobre la base de creer que en verdad existe y que les ha encargado realizar su voluntad en la Tierra. La Biblia contiene el plan de Dios para la humanidad, y durante siglos la Iglesia católica ha asumido la tarea de convertirlo en hechos concretos. Desde sus orígenes, la Iglesia católica se convirtió en una lucrativa corporación transnacional, y se hizo llamar a sí misma iglesia “universal”, porque su proyecto político a largo plazo era erradicar las competencias e imponer su monopolio de supersticiones a escala global.
Hoy, a pesar del progresivo decaimiento del negocio eclesiástico, su principal clientela es Latinoamérica y los movimientos políticos de izquierda y derecha todavía pugnan ilusamente por ganarse los favores del Dios de la Biblia. Los teólogos liberacionistas reclaman poseer una hermenéutica teológica diferente a la dominante entre los sectores conservadores del catolicismo y del protestantismo. Sin embargo, en el fondo del asunto, todos terminan creyendo las mismas supersticiones y promoviendo las mismas moralidades arcaicas que, valga la redundancia, antagonizan con los principios emancipadores del inconcluso proyecto político de la modernidad. A fin de cuentas, se trata de una mentira desmentida con otra mentira.
Los valores trascendentales de la Biblia promueven valores de intolerancia, desprecio y hostilidad contra la inmensa diversidad de creencias religiosas que coexisten en el planeta y, además, contra la complejidad existencial que constituye lo humano en todas sus dimensiones. El despotismo moral es su fórmula por excelencia y no importan las mutaciones de época, para el creyente fiel el texto “sagrado” no tiene historia, el tiempo está detenido en él y la palabra/ley de Dios nunca trastoca sus sentidos para amoldarse al aquí y al ahora, sino que expresa su férrea voluntad como valedera para todos los tiempos. A todos los efectos y aunque para los teólogos liberacionistas la Biblia debe “interpretarse” acorde con el devenir cambiante de los tiempos, el Antiguo y el Nuevo Testamento constituyen una unidad indiferenciable y son inmutables sus sentidos para la ortodoxia cristiana. La figura mítico-literaria del Jesús imaginado por los evangelistas lo confirma: “Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la Ley hasta que toda se cumpla.” (Mateo 5:18) La Ley referida es la manifiesta en los libros del Antiguo Testamento y todo cuanto aparece expuesto ahí es refrendado por el hijo de Dios, que no viene a cuestionar o a contradecir sino a reafirmar y hacer valer la voluntad absolutista de su Padre: “Pero en cuanto a esos enemigos míos que no me querían por rey, tráiganlos acá y mátenlos delante de mí.” (Lucas 19:27)
Más allá de las marcadas contradicciones que puedan sustraerse con base a “interpretaciones” coyunturales o divagaciones teológicas, las palabras del Dios de Moisés (la Ley) han sido siempre beligerantes y sanguinarias, sádicas, vengativas y crueles. La historia objetiva de la cristiandad católica y protestante lo evidencia. La figura mítica/literaria de Jesús no confronta los caprichos de poder de su dios/padre sino que los exalta en todas sus dimensiones: “No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada…” (Mateo 10:34)
Los seres humanos que no comulguen al pie de la letra con las primitivas doctrinas del Pentateuco (la Ley), reafirmadas de manera explícita y tácita en el Nuevo Testamento, son condenados a sufrir eternamente la sádica venganza de Dios: “…y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes.” (Mateo 13:50) La venganza como principio de la justicia todavía domina en el imaginario jurídico/social moderno, y prevalece aún como matriz de un gran número de políticas públicas y legislaciones civiles y penales. La conversión de los pecados bíblicos en delitos seglares, todavía integrados en los códigos civiles y penales modernos, es causal directa de las trabas anímicas y casi infranqueables racionalmente para el desarrollo progresista de los derechos humanos y las libertades civiles.
La credulidad religiosa: dilema ético/problema político
Desde una perspectiva ética, la credulidad religiosa en el marco de la acción política es, al menos, doblemente problemática. De una parte, habría que cuestionarse la credibilidad de los políticos que usan a sus anchas las referencias bíblicas y con toda frialdad de cálculo las moldean en función de sus propios intereses, incluso a sabiendas de que son abstracciones carentes de sentido o disparates irracionales. Tomando en consideración que se trata de personas inteligentes, habría que poner en duda si realmente creen lo que dicen. En tal caso, el cuestionamiento se centraría en la integridad ética del intelectual o político que, creyente o no, discursea con imágenes y referentes religiosos sin reservas, solo para concertar sus objetivos programáticos aun engañando a sus huestes, que las presume creyentes y crédulas, es decir, objetos maleables y moldeables ideológicamente.
Las tradiciones discursivas de “derecha” se han caracterizado históricamente por integrar elementos religiosos en sus retóricas y por apelar en sus demagogias a la fe ciega de sus partidarios. Reconocen una generalizada predisposición anímica a la credulidad religiosa y procuran orientarla hacia sus objetivos estratégicos. Saben que, además de tratarse de un rasgo distintivo de conductas fanáticas, la credulidad religiosa viabiliza psicológicamente la disposición a creer por fe en el discurso del político y su partido; neutraliza las posibles dudas; minimiza la necesidad de disponer de evidencias verosímiles; e invisibiliza las contradicciones, incoherencias o absurdos de sus promesas. En los contextos de guerra, por ejemplo, se ve con claridad esta práctica. La invocación de Dios es integrada a la propaganda política para justificar virtualmente cualquier cosa. La realidad detrás de la guerra pasa a ocupar un plano terciario y su efecto es la polarización caricaturesca del conflicto. Trátese de guerras contra otras naciones o de guerras libradas en el interior de los estados nacionales, como “la guerra contra las drogas”, son representadas como guerras santas y la ciudadanía queda emplazada moralmente a asumir posición con Dios o con el Diablo.
La integración del discurso religioso en el imaginario político de “izquierda”, como sucede en el caso de la teología de la liberación, representa una copia de las tácticas de subyugación ideológica de la “derecha” y cumple los mismos fines inmediatos. De un lado, polariza mecánicamente la realidad a la vez que invisibiliza sus complejidades o las trivializa maniqueamente. Es decir, reduciendo las luchas políticas a un conflicto entre dos opuestos absolutos: el Bien y el Mal. De otro, plagia las artimañas retóricas de su adversario o enemigo con el fin de manipular las masas a su favor.
En este sentido, las “interpretaciones” bíblicas de la “izquierda” no se diferencian cualitativamente de las “interpretaciones” bíblicas de la “derecha”. Ambos extremos entorpecen los proyectos de emancipación humana y de justicia social, porque en esencia ambos construyen sus posturas con base en supersticiones, ignorancias y engaños. Todo adoctrinamiento religioso es antagónico al ideal de una educación liberadora, aunque insistan en negar la distinción.
No importa si el político cree genuinamente en la existencia de Dios o no. La creencia no es evidencia, y es una impostura usarla como si lo fuera. Y así ha sido reiteradamente en el escenario insular. Por ejemplo, el alto liderato del independentismo puertorriqueño, aún en contextos históricos marcadamente diferentes, desde Albizu Campos a Rubén Berríos, ha sacado textos bíblicos de sus contextos literarios e históricos para usarlos como analogías de la condición colonial isleña. En sus retóricas, por ejemplo, armaron una relación de semejanza entre el pueblo israelí esclavizado por el imperio egipcio y el pueblo puertorriqueño subyugado por el imperio estadounidense. La procurada efectividad política del uso de referentes bíblicos puede tener un valor determinado en su particular coyuntura y acorde con los fines programados. Sin embargo, el fin no justifica los medios.
Pienso que debe presentarnos un problema ético de primer orden usar el poder del podio y la palabra elocuente y seductora de las épicas religiosas para hacer creer a los ilusos partidarios que las luchas por la liberación nacional guardan algún vínculo con la voluntad de Dios, del Dios imaginario de Abraham y Moisés, de ese Dios brutalmente inmisericorde, despiadado con sus enemigos y tan dado a placerse o desentenderse de los sufrimientos y miserias de los pueblos bajo su cuido. La nobleza de intensiones tampoco justifica el engaño: Dios no existe y cualquier promesa o alusión a su poder de intercesión en asuntos humanos es una farsa maquinada para crear falsas ilusiones y falsas expectativas y no debe consentirse.
Además, no solo la realidad colonial puertorriqueña no es tan dramática como la israelí de aquella época sino que nuestro yugocolonial es consentido por la inmensa mayoría de los cristianos isleños y visto incluso como bendición divina. A todas cuentas, el imperio invasor también es cristiano y no ha vacilado nunca en usar referentes bíblicos para justificar el orden de sus dominios en cualquiera de sus extensiones. La teología de la liberación, en este contexto, encarna el refrán popular: desviste un santo para vestir a otro.
Post Data: diagnóstico y tratamiento de la psicopatología religiosa
Los teólogos y líderes religiosos padecen de una condición psicopatológica peligrosa para la vida política en nuestras sociedades. Se materializa en la modalidad de un paternalismo enfermizo y paranoide, porque creen que la ciudadanía es como un niño que nunca madura y que deben moldearlo permanentemente, vigilar y conducir rectamente y con exclusividad por sus caminos maniqueos, y reprender con severidad cuando se desvían y desobedecen. Hoy no pueden imponerse por la fuerza bruta, pero chantajean moralmente y hostigan psicológicamente a sus anchas. Su arrogancia es también sintomática de su enfermedad mental. Se creen a sí mismos pastores porque creen que la gente es animal de rebaño. Su pedantería también es sintomática de sus locuras. Creen que tienen una relación íntima y personal con un poderoso ser imaginario al que llaman Dios; creen que saben lo que Él quiere para todos; y creen que son sus profetas o intérpretes autorizados. Quien quiera que cuestione la autoridad del teólogo o del líder religioso es despreciado y ridiculizado, porque creen que su autoridad es infalible; porque creen que son los elegidos del Dios que han inventado. Pero Dios no existe fuera de su imaginación, aunque no se den por enterados…
Mirando el asunto desde una perspectiva histórica, hoy se puede hablar de la modernidad como evolución cultural porque se han superado las mentalidades que predominan en los textos bíblicos. Desde una perspectiva política, el proyecto de emancipación humana y el progresivo desarrollo de los derechos humanos están directamente relacionados con la ruptura radical de los credos y moralidades que imperan en los libros sagrados. No obstante, existen poderosos y complejos mecanismos psicológicos que moldean y fuerzan la psiquis humana a depender de las ilusiones de seguridad y consuelo que se procuran de ciertos pasajes bíblicos, por lo general sacados de contexto o “interpretados” a conveniencia.
La disposición anímica a la credulidad religiosa no pertenece a la naturaleza humana sino que es el efecto de prácticas de adoctrinamiento que se imponen desde temprana edad y se refuerzan constantemente en el seno familiar, las iglesias y las escuelas. En nuestras sociedades, en vez de enseñar a los niños y niñas a dudar y armarles de herramientas intelectuales para que aprendan a procurarse el conocimiento y la verdad, se les inculcan creencias absurdas y valores irracionales que a la larga van a condicionar y a sobredeterminar los modos como se van a relacionar con las cosas de la vida durante la adultez. Los fanatismos políticos que tanto perjudican el desenvolvimiento saludable de la vida política en general tienen profundas raíces en la psiquis moldeada desde la infancia para ajustarse a los requerimientos anímicos de la credulidad religiosa. Educar para la libertad es enseñar a cada cual pensar por sí mismo, a cuestionar y a buscar la verdad; y el adoctrinamiento religioso, aunque lleve el signo de “liberador”, es una práctica que lo imposibilita. Enseñar a creer por fe no es educar sino embrutecer…
No existe una fórmula mágica o un tratamiento único para curar el mal de la credulidad religiosa, pero es preciso problematizarla críticamente por sus graves efectos psicosociales y políticos. La existencia de colegios privados y universidades religiosas no es una expresión de la tolerancia religiosa sino de las virtudes de las sociedades democráticas y las desidias ideológicas que convienen a los mercados capitalistas modernos. Pero la enseñanza doctrinaria de la religión es antagónica a los valores y principios emancipadores del sistema de educación en las sociedades democráticas, y en sus estados constitucionales de derecho no tienen cabida en las escuelas públicas ni sus centros de educación superior o universitaria. Tampoco ninguna institución o agencia de gobierno puede profesar oficialmente las preferencias religiosas de sus administradores, funcionarios y empleados. La separación constitucional de la Iglesia (Religión) y el Estado (Gobierno) confiesa entre líneas que algo no está bien con las cuestiones religiosas y que de algún modo podrían perjudicar la administración de la cosa pública. De lo contrario, ¿para qué existiría esa separación con fuerza de ley? Los teólogos “liberacionistas”, sin embargo, no lo comprenden y en su utopía socialista imaginan la integración de la religión que profesan en los currículos académicos del Estado, aunque no se atrevan a decirlo abiertamente…
La credulidad religiosa no es un problema exclusivamente psicológico sino uno político-social y como tal debe abordarse y enfrentarse. Pienso que el mejor antídoto para contrarrestar los males psico-sociales influenciados por la Biblia es leerla. Quien después de leerla todavía crea en ella, en su literalidad al pie de la letra o en que se trata de mensajes subliminales que Dios ha puesto en juego para que los interpreten y los hagan valer, pues, será. Cada loco con su tema. Pero valga reiterarlo: quien se atreva a leer con honestidad intelectual la Biblia, sin rendir su capacidad racional por temor a sus amenazas constantes, chantajes morales y hostigamientos psicológicos, comprenderá al fin que Dios no existe, que es una invención mítica y literaria, plagiada de la imaginería religiosa de culturas primitivas, supersticiosas e ignorantes. A fin de cuentas, ningún proyecto político de emancipación humana puede concretizarse si no rompe radicalmente con las ataduras psicológicas de la credulidad religiosa y los despotismos ideológicos de la fe.
  1. Ver Sued, Gazir; (Im)posturas: antología de escritos periodísticos e investigativos… (2003-2013); editorial La Grieta, San Juan, 2014. “El Altar de la Patria y el nacionalismo católico puertorriqueño”, Revista 80grados, 19 de julio de 2013. “Más acá de Venezuela: de la utopía socialista al fanatismo anti-intelectual”; Revista 80grados, 18 de abril de 2014. []

(vía 80grados.net)

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