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domingo, 11 de enero de 2015

La religión es el problema


La ciencia, la herramienta más precisa de la modernidad, duda de dios. El poder no
Los acontecimientos de la semana pasada en Paris han vuelto a poner sobre la conciencia de todos el problema de la intransigencia y la deriva hacia la violencia ejercida por iluminados que toman el nombre de un dios para justificar su barbarie e irracionalidad. Precisamente lo irracional de su comportamiento ha sido objeto de reflexión generalizada, habiéndose llegado a la aceptable conclusión de que no deben mezclarse los actos fanáticos de unos locos extremistas con la pacífica vivencia religiosa de la mayoría de los practicantes, creyentes o seguidores de un credo determinado. 

Por la virulencia y la proximidad temporal, tiende a concentrarse la cuestión entre fanatismo y veneración pacífica en relación a la religión mahometana. Se centra en esta religión el debate sobre si debe o no juzgarse el islam en su conjunto o sólo a unos seguidores excéntricos y fuera de control. Vendría a ser algo así como la defensa de una ley de la lógica por la que no puede juzgarse el todo por alguna de sus partes.

No soy de esa opinión, no creo que haya una gran diferencia entre fieles pacíficos y fanáticos extremistas. Es solo una cuestión de grado. Pero no es desde luego algo exclusivo de la religión de Mahoma, es algo generalizable a todas las religiones. Algo que la Ilustración, ahora atacada en su centro geohistórico en Paris, ya dejó zanjado hace más de dos siglos. La religión, todas las religiones, son un problema para el desarrollo de la civilidad que antepone un cuerpo dogmático de interpretación por encima de lo que el individuo, todos los individuos, puedan valorar, sentir, juzgar y aceptar o rechazar en función de su capacidad y su racionalidad asistida por el conocimiento, la información y el contraste con otras experiencias y opiniones.

Las iglesia, todas las iglesias, no son sino organizaciones sectarias que legitiman  su presencia en la vida reforzando el credo propio y discriminando cualquier otra forma de entender y vivir la vida. Su capacidad y método de reforzamiento del dogma depende de circunstancias históricas y sociales, pero en el fondo subyace en todas las iglesias el mismo apetito por imponer, mediante el recurso a la fe y creencia religiosa a la que se adscriben, su único y exclusivo modo de ver el mundo y sus contenidos. 

El problema es la religión, las iglesias son el resultado lógico; y las formas de ejercer la coacción, 
virulenta o taimada, es una derivada de los tiempos y de la capacidad de maniobra de que dispongan.
La visión de los acontecimientos ocurridos en Francia, que prolongan en Occidente el conflicto abierto en Oriente Medio (del que Occidente no es irresponsable), ha abierto una reflexión sobre Occidente (al menos Europa) y el hecho religioso. Emergen dos líneas de pensamiento que se caracterizan por su relación dialéctica con la religión. Para unos la vivencia religiosa es un hecho admisible, casi deseable, y lo que resta es encontrar formas de convivencia entre los distintos grupos religiosos, incluso con quienes no confiesan religión alguna. Otra línea viene a decir que el hecho religioso es determinante y que solo la victoria antes o después de una iglesia sobre otras, acabará cerrando un proceso histórico en el que las religiones son el motor del propio desarrollo. La primera opción, políticamente más correcta que la segunda, gana terreno entre personas mansas y la segunda está más extendida entre personas más dispuestas a la extravagancia, la originalidad o la provocación.

 Entre estos segundos puede contarse desde Huntington y su ensayo sobre el “Choque de Civilizaciones” a Houellebeqc en su novela sobre ciencia ficción política de próxima aparición.
Unos y otros asumen que la religión es una forma más en la que se manifiesta la conducta de los sujetos que, como respecto de otras atribuciones (sexo, clase, nación, etc), alimenta el conflicto social que es motor de la historia. Mi idea es otra. La religión ya no es una parte de la solución de nada, es si acaso el problema, uno de los grandes problemas de la humanidad, porque la religión y su brazo armado la iglesia, sirve en este momento para eludir o escamotear el escrutinio del  ejercicio del poder y sus  formas caprichosas y ambiciosas de ocuparlo.

¿Quién está detrás de los mulás, los curas, los rabinos, los pastores y otros enviados sino los poderosos a quienes la modernidad no hace sino poner en entredicho? La religión ensancha el campo de juego para que se abran espacios a la irresponsabilidad y el egoísmo despótico del poder que el mundo moderno ya había cerrado. La ciencia, la herramienta más precisa de la modernidad, duda de dios. El poder no.

¿Por qué los gobiernos retrógrados se desentienden de la ciencia mientras colman de favores a la Iglesia que les resulta más próxima? ¿Por qué las iglesias acogen con tanta soltura y facilidad a sanguinarios, caprichosos y pervertidos y repudia, acribilla o quema a disidentes armados de tesis o lápices para sostenerlas?

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