sábado, 14 de febrero de 2015

Un ‘ateo’ en el templo de la UE

El ministro griego de Finanzas del Gobierno de Syriza es el hombre del momento. En Grecia, en Europa y en el mundo. Si se busca Yanis Varufakis en Google aparecen 6.310.000 resultados. Muchos hablan de su currículo académico y profesional; muchos de su discurso heterodoxo y de sus propuesta para renegociar la deuda griega con Europa; pero muchos, también, se centran en su atractivo físico y su no normativo estilo indumentario.

A Varufakis le gusta hablar claro. Sin pelos en la lengua. Provocando. Se nota cuando no duda en tildar de “cleptocracia” a las élites económicas y políticas de su país. O cuando habla de “chantaje” para referirse a los mensajes de la campaña del expresidente heleno Andonis Samarás, en los que este afirmaba que Grecia podría quedarse sin dinero si no se firmaba el memorándum con la troika. O cuando inventa el términowaterboarding fiscal –en una referencia directa las torturas de la CIA en Guantánamo– para definir las políticas de la troika en su tierra.

Tampoco tiene tapujos para hablar de sí mismo. En su blog, Thoughts for the post-2008 world (Pensamientos para el mundo post-2008) se presenta como “un profesor de economía que en realidad nunca se ha formado como economista”. También afirma con orgullo que durante gran parte de su singladura académica “disfrutó” desacreditando aquello que sus colegas consideraban como legítima ciencia. El precio a pagar, “una vida que solo puede compararse a la de un teólogo ateo en un monasterio medieval”. La misma sensación que debe tener ahora en sus negociaciones con los popes de las políticas de austeridad, como su homólogo alemán, Wolfgang Schäuble.

Nacido en Atenas en 1961, pertenece a una familia acomodada. Su padre pasó una temporada, tras la guerra civil griega, en la cárcel de la isla de Makronisos. Allí enviaban a los comunistas para reeducarlos. Más tarde acabó presidiendo la principal empresa de acero de Grecia. Su madre, una feminista militante y cercana en sus tiempos a los socialistas del Pasok. De ambos, recibió la oportunidad de educarse en el Reino Unido y una herencia de ideas izquierdista. Hay, sin embargo, una traición al legado materno. Varufakis es ministro estrella de un Ejecutivo que no ha incluido a ninguna mujer en primera línea.

La dictadura de los coroneles, que Varufakis recuerda como opresivo clima de su infancia (1967-1974), marcó la elección paternal de destino universitario. Sus progenitores tuvieron miedo de la represión estudiantil que aún campaba en Grecia. Decidieron enviarle a estudiar fuera del país. Su desahogada posición económica se lo permitía. En 1978, Varufakis aterriza en Universidad de Essex. Su primera intención fue matricularse en Físicas. Pronto llegó, sin embargo, a la conclusión de que “la lengua franca del discurso político era la economía”. Y decidió inscribirse en esta “lúgubre” ciencia. Duró poco.

“Horrorizado” por el contenido de sus libros de texto y las “necias” reflexiones de sus profesores, a las pocas semanas se cambió a la escuela de Matemáticas. Luego, vino un máster en Estadística Matemática en la Universidad de Birmingham. Y más tarde su reencuentro con la Economía. De vuelta a Essex, se doctoró en el departamento de Económicas con una tesis tituladaOptimización y huelga. Se enganchó a esa disciplina. Entre 1982 y 1988 impartió clases en Essex, en East Anglia y en Cambridge.

El tercer triunfo electoral de la dama de hierro, Margaret Thatcher, se le hizo “insoportable” y puso rumbo a Australia. Su destino, la Universidad de Sídney. En Australia, residió dos años. Las políticas de otro “horrible” político, el ex primer ministro australiano John Howard, y su añoranza de la tierra natal le hicieron regresar a Grecia en el 2000 como profesor de Economía Política en la Universidad de Atenas. A su vuelta, tuvo que realizar el servicio militar durante tres meses.

La mayor “tragedia” de su vida, cuenta en su bitácora virtual en su perfecto inglés –de marcado acento griego, cuando habla– sobrevino entonces. Tuvo que separarse de su hija Xenia. En agosto de 2005 su exmujer decidió instalarse en Sídney y llevársela con ella. El dolor de la distancia se le fue mitigando, gracias a su nueva pareja, la artista y activista Danae Stratou, con quien comparte proyectos. El más importante aborda los muros de la globalización, las fronteras de Chipre, Kosovo, Belfast, Palestina, Cachemira, Etiopía y Eritrea y la de EE UU y México. “Además, como pasan los años, y Xenia se va convirtiendo en una persona autónoma, los pedazos de mi vida que se separaron de forma tan violenta se están uniendo”, se sincera.

Su última estancia, por el momento, en el extranjero, en la Universidad de Texas, llegó en 2012. Tres fueron los motivo, según explica: el derrumbe de la economía griega acabó con el programa de doctorado que había puesto en marcha; los recortes mermaron su sueldo y “dificultaron” el envío de dinero para la manutención de su hija; por último, las amenazas de muerte que comenzó a recibir él y su familia por “discutir públicamente los escándalos de los banqueros griegos”.

Ahí termina el autorrelato de su vida en internet. Con un deseo, el de poder volver a Grecia. Lo consiguió, pero con un interrogante. ¿Por cuánto tiempo? Su plan de permutar la deuda de Atenas con el BCE y con los socios de la eurozona para supeditar su pago a un determinado ritmo de crecimiento de la economía griega no ha sido muy bien recibido, por ahora, en el templo de la Unión Europea.

(Via cincodias.com)

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