lunes, 27 de julio de 2015

"La religión no es el motor de la moral sino el freno que ha ralentizado su desarrollo"

A Daniel Dennett (Boston, 1942) le gusta parecerse a Charles Darwin. Este filósofo evolucionista ha dedicado toda su vida a pensar por qué somos como somos y por qué pensamos como pensamos. Su trabajo ha recibido numerosos galardones que lo han situado como uno de los filósofos de la ciencia contemporáneos con más influencia internacional. Pero si le dan a escoger, prefiere colarse en una charla de ciencia que en una de filosofía.    
                        
Daniel Dennett by Des Willie

SINC / Núria Jar               

Daniel Dennet, catedrático de filosofía y director del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts (EE UU), es uno de los filósofos de la ciencia más destacados en el ámbito de las ciencias cognitivas. En esta entrevista con Sinc, desgrana sus ideas sobre sobre la conciencia, la intencionalidad, la religión y la moral.

Muchas veces le preguntan sobre el significado de la vida. ¿Por qué responde que el secreto está en encontrar algo más importante que uno mismo y dedicarse a ello?

Hay personas que desconocen el sentido de la vida. Podría ser porque están demasiado centradas en ellas mismas y son egoístas. Es obvio que la manera de ser feliz y tener una buena vida es ayudar en algo. Lo que sea. Algo bueno. Traer algo de bondad al mundo te hará feliz a ti y a otros. Ya sea dedicándote a la ciencia, salvando el medio ambiente o protegiendo cualquier cosa, la arquitectura o los peces. Siempre hay un montón de cosas que hacer y que son necesarias. ¡Vaya y haga alguna!

Existe gente que dedica toda su vida a una causa y se focalizan tanto en ella que otras pasan a segundo plano, como tener hijos. ¿Por qué no todos los humanos cumplimos con nuestro propósito biológico?

Somos la única especie que tiene una perspectiva que no empieza ni termina con tener hijos. En otros animales la reproducción es la máxima. Lo que hacen está condicionado por eso y luchan por oportunidades de apareamiento. Todos los animales se esfuerzan para reproducirse. Por supuesto que nosotros también tenemos esos impulsos en nuestros genes. No estaríamos aquí si no los tuviésemos. Pero debido a que tenemos lenguaje y cultura contamos con otra perspectiva. Hay otras cosas aparte de la descendencia por las que vale la pena trabajar, morir, o vivir: la justicia, la verdad, el arte, la belleza, la religión, el comunismo…  Lo que sea. Somos la única especie que tiene causas. Algunas pueden ser absurdas o erróneas, pero es el precio de ser humano.

En su caso ha dedicado toda su vida a la filosofía. Como pensador evolucionista viaja por todo el mundo dando charlas sobre Charles Darwin. De hecho se parece bastante a él…

Es más bien por accidente. Tengo barba desde el año 1967, por lo que no me parezco a Darwin hasta hace relativamente poco. Hubo una época en la que me parecía a Rasputín. Así que no lo hice a propósito, aunque estoy contento de parecerme a Darwin.

Usted convive con filósofos y científicos. ¿Cómo combina los dos mundos?

No todos mis amigos son académicos, pero muchos de mis mejores amigos son científicos. He aprendido mucho de ellos. Después de dedicarme unos 30 años a la filosofía no creo que haya mucho más que aprender de mis colegas. Claro que siempre hay algo más pero no me interesa tanto como la ciencia. Si me dieran a escoger entre una charla de ciencia o filosofía, preferiría ir a una conferencia de un científico porque aprendería algo que antes no sabía, algo que también pasa con la filosofía pero en contadas ocasiones.

La ciencia y la filosofía aún se preguntan si los seres humanos tenemos libre albedrío. Usted mismo lleva años pensando sobre ello.

Durante miles de años mucha gente ha pensado que el libre albedrío depende del determinismo, como si se tratara de una flojera de la física. Opino que es un error, porque no importa si el determinismo o el indeterminismo son ciertos. En realidad lo que queremos es tomar decisiones causadas por nuestras razones, basadas en lo que hemos aprendido. Lo último que queremos es que la naturaleza juegue a los dados o a la ruleta rusa mientras nosotros actuamos. Si hago algo quiero que esté causado por mi intención, se deba a mi deliberación y que a su vez esté causada por las pruebas fácticas que haya recolectado. No quiero que la aleatoriedad intervenga en este proceso.

¿Y cuándo debemos dejar de pensar?

A veces simplemente hay que dejar de pensar y actuar. Yo no quiero ser como Hamlet que piensa todo el rato. Una decisión es como lanzar una moneda: tengo que dejar de reflexionar y actuar. Hay momentos en los que todos corremos riesgos, hablamos de boquilla y esperamos estar en lo certero. Esta es la única aleatoriedad que necesitamos en nuestro comportamiento, y no se trata de una ausencia de determinismo sino de dejar al cerebro que decida por ti cuando no tienes un motivo concreto. Todas mis decisiones son producto de mi cerebro, todo es biología porque todo pasa en mi mente.

¿Cómo encaja la competencia moral en todo esto?

Si mi cerebro funciona bien entonces soy moralmente competente, y aquí es donde se encuentra el libre albedrío. Tomaré buenas decisiones sin obsesiones, fobias o cualquier otra cosa que me inhabilite. Hay muchas maneras en que mi cerebro es menos aceptable como sistema de control, si alguna de ellas me afecta no tendré libre albedrío.

Usted ha hablado mucho sobre religión. ¿Cómo influyen las creencias en la competencia moral?

No tienen nada que ver. La competencia moral es un ideal, algo así como las buenas prácticas. Mucha gente llega a ellas a través de la religión, que solo es una contingencia. Después de todo, la moral actual es bastante diferente de la moral del Antiguo Testamento, nadie quiere vivir como hace miles de años. Encontramos ofensiva la esclavitud, por ejemplo. La religión no es el motor de la moral sino el freno que ha ralentizado su desarrollo. Aunque se actualiza poco a poco, casi hemos convencido a los católicos de que no hay ningún problema con la homosexualidad. Ellos no nos guían, nos siguen. Y esto pasa con todas las religiones.

¿Es optimista respecto al futuro?


Lo soy. El mundo es mucho mejor y un sitio más moral en este siglo que a principios del siglo XX. Creo que progresamos. Pienso que el mundo es más seguro y menos violento, aunque todavía podemos hacer mucho daño.

(vía ibercampus.es)