viernes, 17 de febrero de 2012

¿Qué es la religión?

No todo lo ritual es necesariamente religioso ni obedece a un trasfondo consciente de índole espiritual. La costumbre —originalmente madrileña, y con poco más de un siglo de antigüedad- de recibir al nuevo año con la ingestión de doce uvas no fue instituida a modo de homenaje nostálgico a los sabeos ni a los babilonios, sino resultante de un exceso de producción vitícola. Pero la fijación en doce del número de uvas sí es atribuible a los meses del año y, por tanto, a las constelaciones zodiacales y, en última instancia, a los doce apóstoles, las doce tribus de Israel, los doce Adityas del hinduismo... ¿Puede, pues, el hombre, prescindir por completo de los rituales animados por una simbología ultraterrena? ¿Y de una aspiración, por velada, aguada o tergiversada que pueda ser, a alguna clase de trascendencia? ¿Puede el hombre moderno dejar por completo de ser —digámoslo así- babilonio?

En nuestra opinión, ni siquiera el hombre occidental. Incluso en los manuales de ateísmo publicados por la felizmente difunta Academia de Ciencias de la URSS, se aleccionaba sobre la necesidad de proporcionar a los ciudadanos una simbología y parafernalia que, aparentemente, dieran satisfacción a las aspiraciones propias de las creencias religiosas, aunque en realidad sirvieran a los propósitos contrarios... Una idea-fuerza ni mucho menos ajena a, por ejemplo, el “laicismo religioso” rector de la política interior y exterior de EE.UU.

Vivimos un tiempo en el que todos los poderes fácticos de Occidente extienden y apuntalan con cada vez menos disimulo el ateísmo, aunque se refieran a él con otros nombres. Es a lo que aludía Raimon Panikkar, en su prólogo a “El silencio del Buddha”, al subrayar cómo la presente crisis de la tradición -con su patente incapacidad para, en la mayoría de los casos, ofrecer, como en el pasado, una identidad plena al hombre contemporáneo- se ayunta con el hecho de que, si “lo antiguo está en descomposición … lo nuevo carece de fundamento”… Pese a lo cual las circunstancias no nos permiten volver atrás. En el contexto de esta encerrona, reviste un excepcional interés cualquier obra que, en tono comprensible para todos, resalte la importancia que a las concepciones y rituales sacros es otorgada, en la vida cotidiana, por la inmensa mayoría de cuantos poblamos el planeta. Es el caso de “El sueño de Shitala”, el nuevo libro de Agustín Pániker, publicado recientemente por Kairós. Y ello pese a que su autor se autoetiquete como un “ateísta espiritual”. ¿Que qué diantres es eso?

-Ojo -advierte el propio autor- no creo en Dios, como tampoco en la Razón, en la Ciencia, en el Progreso, en el Espíritu, en la Nación, en el Estado, en la Justicia… ni en nada que tenga propensión a la mayúscula.

De cualquier modo, para entender por qué un “ateísta espiritual” es en realidad un trans-teísta, es decir, más o menos exactamente lo contrario de un ateo…pues no es posible contárselo en esta columna. Resulta imprescindible leer quizá no sólo este libro de Agustín, sino también dos o tres de su tío Raimon.

El rostro del planeta, en efecto, no lo compone —como se nos vende- la suma de los de diez o doce países. No todos soñamos, comemos ni amamos lo que sueña, come y ama el occidental moderno. Para poner de manifiesto tanto las enormes similitudes subyacentes en el sustrato último de las creencias y prácticas religiosas vigentes en todo el mundo como lo disímil de sus formulaciones rituales y modos de expresión, ha escrito Pániker este viaje al corazón de lo sagrado, para cuyo cumplimiento ha traspasado ampliamente las fronteras índicas a que se circunscribían sus libros anteriores.

No se asusten, no se trata de un libro escrito en tono catastrofista, anunciando que vivimos los malos agüeros y estertores preapocalípticos de un fin de ciclo. Tampoco es una guía de turismo espiritual. Mas, sin serlo, da rápida y perfectamente inteligible respuesta a cuestiones como… ¿Qué es y que no es religión? ¿Hasta dónde llegan los lindes que definen la conversión religiosa? ¿Tiene sentido hablar de ortodoxia cuando nos referimos a determinadas civilizaciones? ¿Existen los santos en el Islam? ¿Qué es realmente el hinduismo? ¿Qué una religión civil, término que se remonta a Jean Jacques Rousseau? ¿Y una teología civil? ¿Por qué el Carnaval gana prestigio mientras cae en el olvido la Cuaresma? ¿Creen los yorubas en la reencarnación? ¿Son los ritos funerarios el epicentro de toda religión? ¿Es el maoísmo un fenómeno religioso? ¿Es el laicismo un rostro del fundamentalismo? ¿Por qué una montaña en Sri Lanka es, para muchos, el segundo lugar más sagrado del Islam?

Shitala es uno de los muchos nombres dados en India a la Gran Diosa, símbolo tanto de la muerte como de la fertilidad y la vida, del amor como de la cólera, de las plagas como de la salud… En concreto, Shitala es la manifestación simbólica de la viruela, una enfermedad que, incluso cuando campaba por sus respetos, registraba una tasa de mortalidad bajísima: apenas dos o tres víctimas por cada millón de infectados. ¿Es, pues, la viruela, una enfermedad o… un antídoto? De igual modo en que alguien la contrae cada vez que una semilla cae de la cesta portada en la cabeza por Shitala, cada uno de los epígrafes de este libro de Agustín Pániker constituye un antídoto contra la intolerancia laicista y una apertura hacia el diálogo y el entendimiento inter-tradicionales.

(vía elimparcial.es)

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