viernes, 7 de junio de 2013

¿Y cómo se saca un diez en Religión?

 

Escrito por: Roberto L. Blanco Valdésfoto de Roberto Blanco Valdés

El principio regulador de la enseñanza religiosa en un Estado no confesional es evidente: que esa enseñanza no puede ser responsabilidad de la escuela, sino de la Iglesia y la familia. Y es que cuando hablamos de enseñanza de la religión lo hacemos, en realidad, de adoctrinamiento religioso. La función de la escuela es enseñar y nunca adoctrinar, como no sea en los valores compartidos en las sociedades democráticas: el pluralismo y los derechos y libertades que todos -particulares y poderes públicos- debemos respetar. Entre ellas, la libertad religiosa.

Esto es compatible, claro está, con el reconocimiento de la gran importancia histórica del hecho religioso, que solo los ignorantes se atreven a negar. El mundo en que hoy vivimos resultaría incomprensible, en realidad, sin tener en cuenta la influencia de las creencias religiosas en las áreas geográficas en que cada una ha resultado dominante. Europa es heredera de la tradición judeocristiana, tradición que ha marcado durante siglos no solo las ideas de la sociedad, sino también sus producciones culturales, desde el pensamiento hasta las artes más diversas. Esa es la razón por la que todo programa de historia de la cultura digno de tal nombre debería incluir entre las materias a enseñar la historia de las religiones, privilegiando, por razones obvias, la de aquella o aquellas que más influjo han tenido en ir perfilando lo que hoy somos.

Ahora bien, el que una escuela como Dios manda (si me permiten expresarlo de esta forma paradójica) disponga el estudio transversal de la cultura e historia de las religiones es una cosa y otra muy distinta que el adoctrinamiento en la religión católica -por mayoritaria que esta siga siendo hoy en España entre las personas con creencias religiosas- deba formar parte del currículo escolar, lo que se compadece muy mal con la declaración constitucional que consagra que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal.

Hacer adoctrinamiento religioso en la escuela pública supone, por eso, obviar un principio sobre cuya interpretación no deberían existir ya diferencias entre los partidos o las personas de izquierdas o derechas. Pero pretender, además, que la asignatura de Religión -es decir, de doctrina de la Iglesia- sea puntuable es un dislate, que no comparte la inmensa mayoría de nuestra sociedad. Pues resulta de puro sentido común que, de igual modo que la Lengua o las Matemáticas son puntuables porque lo que saben los alumnos de la una o de las otras es evaluable a través de pruebas objetivas, tal cosa es imposible con una materia destinada al adoctrinamiento religioso. ¿A quién le damos, señor ministro de Educación, un diez en el examen? ¿A quien cree con más firmeza o más sinceridad? Es verdad: no deberíamos estar ya a estas alturas discutiendo de estas cosas.

(vía lavozdegalicia.es)

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