domingo, 14 de diciembre de 2014

Los gays piden respeto, no compasión

Algunos obispos parecen tener licencia para quemarlos en la hoguera de la discriminación

por Ramón Baltar

Ramón Baltar
Ramón Baltar

 Resulta escandaloso en un Estado que se declara aconfesional pero en ciertas cuestiones actúa como confesional encubierto y vergonzante

(Ramón Baltar).- En las islas antiguamente llamadas de San Borondán la autoridad competente no pudo renovar el contrato a un seglar profesor de la asignatura (?) de Religión Católica porque su Obispo dejó de considerarlo idóneo por haberse casado con otro hombre. Si en vez de seglar homosexual fuera cura pederasta, igual lo cambiaba de destino.

Con o sin permiso de los teólogos, uno se atrevería a decir que el Ordinario de la diócesis platanera desconoce la doctrina que la razón sugiere aplicar en este caso. Pongámoslo como pregunta: si la eficacia de los sacramentos no depende de la virtud del sacerdote que los administra, ¿por qué demonios pretende nuestro episcopado que la enseñanza de la religión exige la santidad de las personas que la imparten?Parece que le dan más importancia a la catequesis que no a los sacramentos.

A nadie en su sano acuerdo se le ocurriría sostener en serio que la vida privada de un profesor condiciona su trabajo, y esto explica que en la enseñanza pública se desconozca el despido de docentes por no ocultar el ejercicio de su inclinación sexual.

Cae de cajón que los profesores de religión tienen derecho a ser medidos con la misma vara que los de otras materias; y si saben la asignatura y la enseñan como dios manda,está fuera de lugar cualquier exigencia de otros méritos no académicos.

Por lo demás, que la Iglesia Católica mantenga a estas alturas el privilegio de decidir quien ocupa las plazas de profesores de religión que convoca y paga la Administración,resulta escandaloso en un Estado que se declara aconfesional pero en ciertas cuestiones actúa como confesional encubierto y vergonzante. La responsabilidad última de semejante privatización de lo público cae sobre los hombros de los políticos, pusilánimes de marca registrada.


El obispo de Roma confesó no ser quién para juzgar a los homosexuales, pero algunos de sus colegas de provincias pasan del recadito y osan concederse licencia para quemarlos en la hoguera de la discriminación. ¡Lo que tenemos que ver!

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