lunes, 1 de diciembre de 2014

Religión, depravación y pederastia

Donde existe represión, existe depravación, y, a veces perversión pérfida e insana. El cristianismo lleva veinte siglos criminalizando la sexualidad humana, reprimiéndola, ensuciándola y difamándola

 Coral Bravo

Donde existe represión, existe depravación, y, a veces perversión pérfida e insana. El cristianismo lleva veinte siglos criminalizando la sexualidad humana, reprimiéndola, ensuciándola y difamándola. Para la dogmática católica la sexualidad es pecado, para los demás, claro, excepto en su función reproductiva y, por supuesto, en el sacrosanto matrimonio, que, como dios manda, encadena a marido y mujer hasta que la muerte les separe, anulando la libertad afectiva de las personas y monopolizando, de manera antinatural, la naturaleza humana. Y digo para los demás porque la depravación repugnante en el ámbito sexual del clero ha sido siempre y sigue siendo sistemática. No hay más que leer, por ejemplo, Los Papas y el sexo, un trabajo de investigación del periodista Eric Frattini, o Pederastia en la Iglesia católica, del periodista y catedrático de Psicología Pepe Rodríguez.

En los últimos días, y es cosa rara, porque estos asuntos suelen quedar relegados en las sombra del veto y el oscurantismo, la prensa está haciéndose eco de un asunto monstruoso y abominable, como tantos otros, en el seno de la comunidad católica. Diez sacerdotes de Granada habían organizado desde hacía años una agrupación, a todas luces un grupo sectario, donde se empleaban técnicas coercitivas de manipulación, y en el que se llevaban a cabo prácticas demenciales de abuso sexual de niños menores de edad. Captaban a los niños para entrenarlos como monaguillos y, como en cualquier secta destructiva, se les empezaba a manipular con un feroz adoctrinamiento. Alentaban a los niños y adolescentes a mantener relaciones homosexuales como un modo de “purificación”, llegando a organizar verdaderas orgías sexuales, que consumaban en varios pisos de lujo y un chalet de alto standing. Y consiguieron hacerse con la herencia millonaria de una anciana farmaceútica.  En realidad, nada nuevo bajo el sol.

Los casos de pederastia son algo más que habitual en el seno de la organización católica. Al igual que el empleo de técnicas coercitivas de control mental, lo que comúnmente llamamos lavado de cerebro. La captación de herencias es algo habitual también: recordemos, por ejemplo, el final de Carlos V, quien, encerrado a cal y canto en un cuarto del monasterio de Yuste, sobre el altar, teniendo prohibido recibir visita alguna y escuchando diariamente como siete misas diarias, todo ello para ganarse el cielo, acabó dejando medio imperio a la santa Institución. Técnicamente un lavado de cerebro en toda regla. Igualmente son sistemáticas, tras las bambalinas, por supuesto, la depravación y la desviación sexual, lógicas en cualquier ámbito que anula y criminaliza la función afectivo-sexual humana.

Y también son frecuentes y sistemáticos en los adeptos a full times a la religión los trastornos nerviosos y mentales consecuentes a años de adoctrinamiento, de esclavismo, de fanatización y de coacción mental ¡Unos angelitos, vaya! Porque, claro, como dios manda, este grupo de curas adictos al sexo con menores mantenían un blog en Internet en el que difundían la importancia de la moral cristiana.

Todos recordamos otro caso que salió a la luz al ser desveladas las monstruosidades sexuales que cometía el fundador y líder de la secta Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, colaborador directo y mano derecha del Papa Juan Pablo II, quien estuvo desde los años 40 hasta finales de los 90 abusando sexualmente de seminaristas, y de todo bicho viviente. Porque se sabe que tuvo al menos seis hijos, que explotó económicamente a algunas de sus amantes mujeres, y que llegó incluso, como ellos mismos denuncian, a abusar sexualmente de sus propios hijos. Eso sí, amasó una inmensa fortuna. Un verdadero psicópata demente que fue aclamado durante muchas décadas por miles de católicos como un ejemplo de moral y de santidad.

Esta institución y estos personajes son los mismos que bloquean, criminalizan y estigmatizan el amor humano según sus inhumanos dogmas, que dicen que el sexo es pecado mortal a no ser que se realice en el santo matrimonio y con el fin de procrear, es decir, tres veces en la vida; que nos culpan, que nos asustan con sus infiernos y fuegos eternos por pestañear, que proclaman que los profilácticos son un invento de Satán, perpetuando enfermedades terribles y legiones de niños hijos de la miseria. Son los mismos que imponen su artera moral, sus arteros dogmas, su artero y desviado sentido de la vida. Son los que nos alejan de la libertad, del conocimiento, de la inocencia, de la alegría, de la verdadera espiritualidad que es el amor al mundo, el goce de la vida y el respeto profundo hacia todos los seres que existen.

Falsedad suprema y secular, denunciada desde siempre por literatos, pensadores, sabios y filósofos de todos los tiempos, desde Demócrito a Molière, Fernando Vallejo o Richard Dawkins, pasando por Cervantes, Quevedo, Voltaire, Clarín, Einstein, Mark Twain, Isaac Asimov, Nietszche, Galdós, y tantos y tantos otros. Pero la ignorancia, aun en el siglo XXI, parece perpetuarse, y miles de adeptos a la superstición religiosa y a la sinrazón siguen sin enterarse. Porque, como dijo Napoleón Bonaparte, la religión es una gran herramienta para tener a la gente quieta, y como afirmó muy sabiamente el gran Bertrand Russell, es mucho más fácil tener fe que ponerse a pensar. De ahí tanta estupidez y tanta barbarie.

Coral Bravo es Doctora en Filología

(vía elplural.com)

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